¿Me ha cambiado viajar?

Es muy fácil decir que un viaje te cambia como persona, sin entrar en detalle.

Es una frase comodín que los viajeros dicen cuando vuelven a sus casas.

«Este viaje me cambió la vida».

¿Te cambió realmente?
¿O volverás a ser el mismo poco después de volver?

Personalmente, viajar en bicicleta y hacer trekking durante los últimos catorce meses me ha cambiado, pero a la vez no.

Me explico.

Salud

En cuanto a salud, estoy mucho mejor que cuando empecé el viaje. Mejor estado físico en general. Tengo más resistencia aeróbica, más fuerza en las piernas, menos dolores, y más energía.

Con más energía no me refiero a que ando corriendo y gritando a todos lados. No. Simplemente me canso menos. Casi no siento sueño. No recuerdo la última vez que sentí la necesidad de dormir una siesta.

Ojo, no estoy diciendo que tengo un estado físico de atleta profesional. Me encantaría poder afirmar eso, pero estaría mintiendo. Simplemente estoy mejor que antes, lo cual hace sentido si tomamos en cuenta que durante los últimos catorce meses llevo un total de 16.500 kilómetros de bicicleta y 350 kilómetros de trekking.

Pero todos estos beneficios de salud que he ganado se perderán pocas semanas después de terminar el viaje, cuando deje de moverme por tantas horas al día.

Mente

En cuanto a mente, también siento algunos cambios. Lo veo en los pensamientos que dan vueltas por mi cabeza, y en las emociones que siento en el día a día.

Creo que soy más fuerte de cabeza si me comparo a cómo era antes del viaje.
Tengo más paciencia, me siento más cómodo con la incertidumbre, y soy menos reactivo cuando me pasan cosas malas. Tengo mayor capacidad para mantener la calma en momentos difíciles.

Y dado que ya he pasado por tantos problemas a lo largo del camino, tengo cada vez menos preocupaciones, porque sé, por experiencia propia, que es posible salir adelante de situaciones complicadas.

Por ejemplo, al principio del viaje me aterrorizaba la idea de que me operasen de urgencia en el extranjero. Y pasó. Y me recuperé. Ahora me sigue dando miedo, pero menos que antes.

Pero la fuerza de mente se pierde tan fácil como el estado físico. Apenas termine mi viaje y entre en una rutina más cómoda y segura, volveré a ser como en el inicio.
Se necesita exposición constante a situaciones difíciles para mantenerse fuerte.

Y creo que soy más social, pero probablemente es una ilusión.
Pongo en duda que ahora soy más valiente para acercarme a otras personas a conversar comparado con antes del viaje.
Pero al mismo tiempo, he conocido más gente que nunca.
Creo que esto se explica debido a que todos mis días son distintos, y a que al resto de la gente le interesa acercarse a un ciclista sucio y con una bicicleta llena de alforjas, porque da la impresión de que tiene alguna que otra historia para contar.

Entonces, tanto en mi estado físico como en mi mente he visto mejoras temporales, que se perderán apenas termine de viajar. Y no creo ser más sociable.

A eso yo no lo llamaría «cambio».

¿Hay algún cambio permanente?

Sí. Mi visión del mundo.

Antes de viajar fuera de Chile tenía mi propia idea de lo que es «normal». Pero esa concepción de lo «normal» estaba moldeada por el año que nací, el lugar donde me crié y la gente con la que interactué. Esos tres factores crearon los lentes con los cuales observo este mundo, distorsionándolo todo.

El año que naciste, el lugar donde te criaste y la gente que te rodea determinan tu forma «normal» de vestir,
la forma «normal» de comportarse,
lo que te parece atractivo y lo que no,
las actividades que te apasionan,
la música que te gusta,
tus creencias religiosas,
¡Y hasta tu sentido del humor!

Pero después vas a India, o Irán, o Omán, o cualquier lugar exótico del mundo, y te das cuenta que por allá todo lo que ellos hacen te parece completamente extraño.

Para ti no es normal. Pero para ellos sí.

Y te das cuenta, también, que hay algunas costumbres de ellos que te hacen mucho más sentido que las que tú tienes. Costumbres que te gustaría adoptar en tu vida cotidiana.

Quizás en tu vida cotidiana lo «normal» es aspirar a tener una casa grande y un auto nuevo, porque todos creen que eso es necesario para una buena vida.
Pero después vas a Burundi, el país más pobre del mundo, y ves que la gente no tiene nada de eso, y aún así sonríen más que cualquier persona con un auto último modelo.
Y te empiezas a preguntar qué tan importantes son las posesiones materiales para determinar una buena vida.
Quizás es más importante enfocarse en aquellos que nos rodean y en nuestras acciones del día a día, y no en lo que tenemos.

Quizás en tu vida cotidiana lo «normal» en una comida es que cada uno se sirve un plato y se sientan en la mesa a comer con cuchillo y tenedor.
Pero después vas a países como Omán, donde se sirve una única bandeja con el plato principal, y todos se sientan en el suelo alrededor de esta bandeja a comer sin cuchillo ni tenedor. Y como es un único plato para todos, estás obligado a compartir.

Mientras más viajas, más vas descubriendo de otras culturas que tienen su propia idea de lo «normal».

Poco a poco empiezas a entender que «normal» es un concepto ambiguo, y que efectivamente es posible adoptar lo que te gusta de otras culturas, y a la vez rechazar lo que no te gusta de tu propia cultura.
Poco a poco empiezas a diseñar una vida a tu medida.

Viajar te ayuda a tener una perspectiva más amplia sobre todos los aspectos que influyen en tu vida.
Esa perspectiva te ayuda a observar nueva información sin juzgar.
A tratar de entender a personas que son distintas a ti, con curiosidad y sin criticar de antemano.
A crear tu propia idea de lo que necesitas para vivir bien.

Quizás no he cambiado casi nada. Quizás voy a perder el estado físico y la fuerza de mente que tengo actualmente, pero no importa.

Me contento con saber que mi visión del mundo es un poco más amplia comparado con la que tenía antes de partir, y eso me ayuda a vivir mejor.

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Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

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