Batallas mentales en el Norte de Irán

1 de Diciembre de 2021. Después de un paso averiado por Armenia en donde salí con un órgano menos, me encuentro pedaleando nuevamente. Esta vez en el norte de Irán.

Debería estar feliz. Irán está en mi lista de mis top 10 países por conocer, y al fin lo estoy recorriendo. Además, los locales son muy amables. Ayer en la noche paré a dormir en una ciudad llamada Mianeh, y una comunidad de escaladores me invitó a un restorán a comer un pescado delicioso.
Y para qué decir lo agradecido que debería estar por poder hacer deporte después de tres semanas de reposo por la operación del apéndice.

Sin embargo, no estoy feliz. Pedalear por los paisajes desérticos de Irán se siente como una tortura más que un privilegio. El camino es plano y está lleno de camiones, y no hay nada interesante que ver. Son horas y horas de pasar tiempo solo, sin más entretención que mis propios pensamientos. Canto en voz alta, converso conmigo mismo, y me repito una y otra vez que tarde o temprano empezaré a disfrutar más del desierto. Pero no hay caso de convencerme de algo así.

Días y días de este paisaje

Poco a poco empiezan a nacer las dudas. ¿Por qué estoy haciendo esto?
Estoy andando en bicicleta en Irán.
Solo.
Sin señal.
Recién operado del apéndice.
Empezando el invierno.
En medio de una pandemia.

Tiene que haber aunque sea una razón por la cual esté en esta situación. Estoy seguro de que tenía una, pero ahora mismo no la puedo recordar.

3 pm. Llevo tan solo 60 kilómetros recorridos, pero no doy más. No tengo la fuerza mental para seguir pedaleando por este paisaje horrible. Además, se me acabó el agua. Decido desviarme del camino para rellenar mis botellas en un pueblito que se ve a la distancia.

Justo en ese momento se detiene en el camino un iraní de unos cuarenta años manejando una camioneta. Con un inglés precario me pregunta cómo me llamo, y me invita a alojar en su casa. Así de hospitalarios son los iraníes.
¿Comida gratis? ¿Agua? ¿No pasar frío en la noche? Acepto de inmediato. Me subo a la bicicleta y lo sigo por unos quinientos metros hasta llegar a su propiedad.

Entro a la casa, y me siento incómodo de inmediato. El problema no es mi anfitrión ni sus dos amigos que están tomando té. El problema es que tienen la estufa encendida al máximo. Deben hacer al menos unos treinta grados dentro de la casa, y mantienen las ventanas cerradas, lo cual hace todo mucho más sofocante. Y ni hablar del hecho de que en Irán no es mal visto fumar en lugares cerrados. Me siento en un sillón tan lejos de la estufa como puedo, intentando no marearme por el calor.

Nos ponemos a conversar tomando té. Mis anfitriones se llaman Taher, Meiham y Archbar. Son tres amigos que trabajan juntos cuidando un gallinero enorme que está al lado de la casa. Ninguno de los tres habla un inglés decente como para conversar, pero hacemos lo que podemos usando un traductor del teléfono. Me muestran fotos de sus familias, y yo les muestro fotos de la mía.

Con Archbar (de Negro) y Taher, quien me encontró en el camino

Me preguntan si tengo hambre, y yo les respondo que sí, muchísima. Uno de ellos, Meiham, se levanta de su puesto y va a la cocina. Trae de vuelta consigo una olla enorme y una cantidad ridícula de pan. Nos sentamos en el piso a comer, a menos de un metro de la estufa. Me duele la cabeza.

El contenido dentro de la olla consiste en un caldo de carne que Meiham sirve en un posillo para tomarlo como una sopa. Es tan aceitoso, que uno se siente levemente envenenado cuando el líquido pasa por el esófago. Es realmente difícil de ingerir. Similar a que te hagan comer mantequilla a cucharadas. Además, tampoco ayuda ver que Meiham no para de rascarse la entrepierna mientras sirve la comida.

Una vez terminada la sopa, comemos el resto. Unas papas con garbanzos que estaban al fondo de la olla, y un hueso de vaca que, mire por donde lo mire, no tiene carne pegada a él. Me lo meto a la boca intentando sacar algo de comida con la lengua y los dientes, pero no saco nada.

A pesar de que la comida no es lo mejor, disfruto de pasar tiempo con estos iraníes. Son buena gente, muy bien intencionada. Siento como que podrían aumentar más aún la temperatura de la estufa y darme comida aún más asquerosa, y seguiría prefiriendo estar con ellos que solo en el desierto. Observo a cada uno de ellos con detalle, agradecido. «¡Meiham, por favor deja de rascarte!», pienso.

Pasan tres horas de conversaciones con Google Traductor, y llega la noche. Taher y Archbar se despiden, y se van para sus casas. Me dejan solo con Meiham, que resulta ser el dueño de la casa. Él se va a hacer lo suyo (rascarse y cantar en la cocina), y yo me voy a duchar. Estoy muy cansado, así que preparo mi saco de dormir en la sala principal (no hay piezas en la casa), y me acuesto a leer. Mi plan es quedarme dormido a las diez de la noche, y partir pedaleando temprano al día siguiente.

La casa consistía en esta sala con la estufa y un baño

Diez de la noche. Estoy guardando mi libro y a punto de apagar la luz de la sala, cuando alguien toca la puerta. Es un cuarto tipo, un amigo de Meiham que tampoco habla inglés, y ha venido a conversar y fumar.

Mierda.

Paso las siguientes dos horas esperando a que este tipo se vaya para poder quedarme dormido, desesperado por el olor a cigarro. Estoy de un humor terrible por no poder dormir. ¿Cómo les hago ver lo cansado que estoy? La invitación a pasar la noche se convierte en un desagrado.

Me vuelvo a preguntar, ¿Por qué estoy haciendo esto? No encuentro respuesta. Podría estar en Chile, con mi familia, durmiendo en mi cama y comiendo platos sanos y sabrosos.

El cuarto tipo se va a las doce de la noche, y apagamos las luces. Antes de dormir, sólo siento una cosa: desmotivación.

Despierto a la mañana siguiente cansado y con hambre. Definitivamente no quiero andar en bicicleta, pero tampoco quiero quedarme en esa casa sofocante. Tomo desayuno con Meiham mientras se sigue rascando con obsesión, me despido, y parto pedaleando por el desierto.

Meiham se entretenía cantando por horas

No llevo ni cinco kilómetros, y noto que algo no anda bien. Hay un viento en contra tan fuerte, que tengo una sensación de no estar avanzando.

Respiro profundo. Si hay algo que me hace perder la paciencia cuando ando en bicicleta, es el viento en contra. Es mi peor enemigo.

Insisto en seguir avanzando. Son las doce del mediodía y llevo quince kilómetros. El viento se pone cada vez más fuerte. Me repito una y otra vez que tarde o temprano se va a calmar, y el resto del día será agradable. Pero las horas pasan, y nada cambia.

¿Por qué estoy haciendo esto?

Tengo hambre y estoy cansadísimo por tanta lucha contra el viento, y sigo sin avanzar. ¿Cómo puede ser que no haya un restorán en tantos kilómetros? Paro a descansar a orillas del camino, fundido de cabeza. Tengo una mirada perdida en el pavimento mientras me como el último puñado de almendras que tengo y enfrento mis luchas mentales.

Una de las sonrisas más falsas que he puesto en una foto

Es como si hubieran dos personas distintas en mi cabeza.

Una está completamente loca. No es capaz de decir algo positivo de la situación, e insiste que mande todo a la mierda. Me dice que tengo que ser un idiota para intentar seguir avanzando con ese viento. Es una tortura escuchar lo que dice.

La segunda persona es más práctica. Está a cargo de mi cuerpo, y no dice nada. Lo único que hace es mover las tuercas en mi cerebro para asegurarse de que siga pedaleando, a pesar de que es lo que menos quiero.
La primera persona trata de detener a la segunda, pero no puede.

Me gusta esa segunda persona. No es tan emocional como la primera. En vez de andar quejándose por todo lo que está fuera de su control, hace lo mejor posible por permanecer en movimiento. Sabe aguantar la mierda.

Sigo pedaleando. Doy todo lo que queda de mi estanque, y llego al primer restorán que veo en todo el día. Me como un Kebap. Voy al baño, intentando controlar unas piernas que tiemblan por el cansancio. Llevo cuarenta kilómetros.

Al lado del restorán hay un hotel. Todo indica que debería quedarme ahí a dormir, y eso es lo que en un principio pretendo. A la mañana siguiente  puedo despertarme temprano y pedalear con mejores condiciones.
Pero en el fondo, sé que no es una buena idea. Si paro a dormir ahí, habré fracasado. Me habré rendido ante esa voz que decía que deje de esforzarme.

Me hago una pregunta. ¿Qué quiero ser capaz de decir al final del día?

Hay una sola respuesta. Quiero ser capaz de decir que le gané a esa voz negativa. Quiero ser capaz de pedalear contra el viento, y no sufrir. Quiero demostrar que me puedo dominar a mí mismo.

Salgo del restorán, y me pongo en marcha. Quedan 42 kilómetros con viento en contra para llegar a mi destino, Zanjan.

Algo dentro de mi cabeza hace click. La voz negativa ya no está. Tengo una sonrisa en mi cara. El viento sigue estando igual de fuerte que en la mañana, y a medida que se esconde el sol baja la temperatura. Pero ya no estoy sufriendo. De hecho, ahora estoy disfrutando la situación. En vez de torturarme por cosas fuera de mi control, las acepto. Además, sé que tarde o temprano llegaré a mi destino. ¿A quién le importa si llego a las cinco de la tarde, o a las una de la mañana? Llegar es llegar. Y el paisaje desértico alrededor mío es extrañamente bonito. Sigue siendo el mismo de los últimos días, pero ahora tiene una magia difícil de describir con palabras.

Son las 7 de la tarde. Está oscuro. Quedan menos de diez kilómetros para llegar a Zanjan. Pero no quiero llegar. Quiero seguir enfrentando el viento. Quiero seguir ganándole a mi cabeza.

Entro a Zanjan celebrando como si hubiera completado una maratón. Llego a un hotel en el centro de la ciudad. Una pieza privada cuesta menos de cinco dólares. Me acuesto en mi cama a mirar al techo y contemplar mi día, sin molestarme por el olor a cigarro impregnado en las sábanas.

Siento un relajo inmenso, paz interior. Quién sabe cómo será mañana, pero al menos tengo claro que hoy logré vencer a esa voz débil dentro de mí. Pocas veces me he sentido tan bien.

Paz al final del día

¿Por qué estoy haciendo esto?

Porque me quiero sentir desafiado todos los días. Quiero despertar con un poco de miedo, sabiendo que lo que se me viene es algo que me va a exigir al máximo. Un desafío que no sé si seré capaz de completar.

Porque es en los límites mentales y físicos, fuera de la zona de comfort, cuando realmente nos conocemos como personas.
Es muy fácil estar bien y cómodo cuando todo sale bien. Las personas realmente felices demuestran estar bien a pesar de que las cosas no les salen como quieren.

Porque, al final del día, quiero ser capaz de decir con seguridad que estoy creciendo como persona.
Quiero ser capaz de decir con seguridad que me estoy acercando a una vida extraordinaria.

Ah, y de paso recorrer el mundo.

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Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

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2 comentarios

  1. Buen relato JP, una vez más me hiciste reír con una historia tragicómica. Exploté de la risa con el hueso de vaca que tenía la sopa, por más que lo intestaste no lograste pillar un pedacito de carne jaja, venía de adorno.

    Me sorprende lo acogedores de los iranís, que te den alojamiento, comida y buena onda cuando vienes de pedalear varios kms con frío y lucha mental, es impagable. Genial que sigan existiendo personas así, que te den una mano sin esperar nada a cambio.

    Creo que nunca había visto tu cara de seriedad jaja la foto refleja fielmente lo que describes.

    Sigue disfrutando el viaje y cuídate.
    Un abrazo!

    1. Buena chile!!
      Me alegro que te haya gustado la historia.
      Definitivamente los iraníes se robaron el espectáculo en mi paso por Irán. El paisaje no ofrecía mucho.
      Un abrazo!!

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