Misión: conocer a Eliud Kipchogue

Nairobi, Kenya. 7 de Febrero de 2022.

Me doy vueltas de un lado a otro preparando las alforjas para salir de la ciudad pedaleando.
No sé si apurarme, o hacer como que se me perdió algo importantísimo para poder pedirle a mi amigo de Couchsurfing que me aloje una noche más en su departamento cinco estrellas. Es difícil dejar atrás tanta comodidad.

Los nervios me están comiendo vivo. «¡Álvaro, no encuentro mi pasaporte!», le quiero decir a mi anfitrión, como buen mentiroso. Quizás así tendría una oportunidad de postergar el comienzo de mi viaje en bicicleta por África.

¿Cómo irá a tratarme este nuevo continente?
¿Cómo será la gente? ¿Más o menos simpática que la que conocí en Medio Oriente?
¿Cómo será la comida? ¿Encontraré comida?
¿Qué pasa si me encuentro con un animal salvaje?

Lamentablemente, no se me ha perdido nada. Tengo todo listo para partir.

Pero, ¿A dónde?

Kenya es gigante.
Una amiga me recomendó un listado de parques nacionales «que no me puedo perder». Lugares lindísimos en los que podré ver leones, leopardos, jirafas, búfalos, dragones, monito del monte, chupacabras, y todo lo que se te ocurra. ¡Kenya es el país del rey León!

Otro amigo me recomendó ir hacia el este, y pasar unos días relajándome en las playas paradisíacas cerca de Mombasa.

Para cuando he terminado de escuchar todas las recomendaciones, tengo un mapa de Kenya repleto de lugares por visitar.

Pero ninguno de esos me interesa.

Lo que esta gente no sabe, es que yo he venido a Kenya con un objetivo: conocer a Eliud Kipchogue.

Eliud Kipchogue es uno de los mejores maratonistas de la historia. Quizás el mejor. Es el primer corredor en bajar la marca de las dos horas en 42 kilómetros.

El año pasado, junto a mi papá, vimos toda la maratón de los juegos olímpicos. Eliud estuvo todo el tiempo en el primer lugar. Un ritmo perfecto. Y una mirada de concentración y calma que nunca antes había visto.

Después de ver esa maratón, obsesionado con Kipchogue, empecé a buscar noticias y videos de él en internet. Parecía ser un tipo sabio, profundo. Suficientemente interesante como para tomar un avión a Kenya y viajar cientos de kilómetros en bicicleta sólo para darle la mano y ver cómo entrena.

Eliud Kipchoge

Empiezo a pedalear para salir de Nairobi en dirección Noroeste, camino a Kaptagat, la región donde vive Kipchoge y la tribu Kalenjin, famosa por correr.

Entre que no revisé la ruta antes de empezar, y tengo ganas de aventuras, a los pocos kilómetros salgo del camino pavimentado y pedaleo por unos caminos de tierra roja que cruzan un cerro lleno de subidas y bajadas.
No sé si voy a más de cinco kilómetros por hora.
El rebote de la bici sobre las piedras me hace sentir tan incómodo como esa vez que se me ocurrió andar en camello.
Tengo miedo de que se me rompa la bici.
¿Y por qué hay tanta gente en el camino? ¿Para dónde van?

Me da hambre. Paro en un puestito de verduras. No puedo creer lo que estoy viendo. ¡¿Paltas?! ¿¡tienen paltas?! No veía uno de esos tesoros desde que me fui de Chile seis meses atrás. Me compro dos, unos cuantos tomates, lechuga, y de almuerzo trato de imitar la ensalada que tanto me gusta en Chile.

Poco después, mientras pelo un mango para comer algo de postre, se me acerca una señora con un vozarrón que me dice: «HELLO MZUNGU. BUY ME A MANGO».

Estoy impactado. Primera vez que me llaman «Mzungu» (hombre blanco), y primera vez que me piden comida o plata en estos seis meses de viaje. Algo me dice que no será la última.

Sigo pedaleando a un ritmo insoportablemente lento. Saludo a tanta gente, que poco a poco empiezo a desarrollar ese giro de muñeca que hacen las princesas cuando saludan a su pueblo sobre un carro real. Absorbo información como una esponja. Analizo a la gente y contemplo la naturaleza. Todo es demasiado distinto a lo que venía viendo en Medio Oriente.

Eventualmente, llego a la entrada de un camino que es más que nada una posa eterna de barro, y en sus mejores partes es un barro un poco más seco. Yo feliz de ensuciarme un poco, así que empiezo a avanzar. Sin embargo, justo en ese momento aparece un campesino que me dice «Don’t go there!». Decido no escucharlo.

A los pocos metros me doy cuenta que cometí un error. El barro es una especie de greda que se queda atascada en cada engranaje de mi bicicleta. Intento empujarla para avanzar, pero la rueda no se mueve, y mis zapatos se resbalan con cada paso que intento dar. Tengo que parar cada diez metros para sacar el barro con mis manos.

Ya casi al final, volviendo al inicio del camino, una señora de sonrisa angelical sale de su plantación y me ayuda con unas ramitas a sacar todo el barro. Con ese último empujón, logro salir de la trampa de barro y buscar un camino un poco menos problemático.

Son las seis de la tarde y llevo tan sólo 30 kilómetros. Llego a un pueblo llamado Limuru, feo con F de foca. Con sólo mirar las tiendas sucias siento un poco de ansiedad. ¿Y por qué el cielo está tan oscuro? Aaah sí, porque se va a poner a llover.

Entro a un restorán a tomar té. La mesera me mira como si fuera un coyac. Un mzungu listo para ser devorado. Me pide sacarme una foto con ella, y me invita a alojar en su casa. Yo me lo pienso, ya que es gratis, pero termino diciéndole que no, ya que no es gratis. El precio a pagar es mi carne.

Encuentro un hotel-motel-bar-restaurant-coffee shop de mala muerte, y pago una pieza privada por cuatro dólares.
Duermo como un angelito.

Día 2.

Veo en el mapa que cerca mío hay un camino que cruza un bosque y un par de acantilados. Obvio que tengo que pedalear por ahí. ¡Suena increíble!

Al poco rato descubro el problema. Los camiones. Dios mío, los camiones.
A lo largo de mi viaje, me han pasado rozando cientos de camiones. Es peligroso, sí, pero siempre sientes que el camionero sabía lo que estaba haciendo.
Los camioneros kenyatas, en cambio, están completamente fuera de control. Uno de ellos, con tal de esquivarme sin reducir su velocidad, entra a la pista contraria y le rompe el espejo lateral al camión que venía en sentido contrario.

Veo, también, camiones que intentan adelantar al camión que está adelantando. Para eso utilizan la pista de emergencia. ¡Mi pista!

Me doy cuenta que tengo entre un 80 y un 120% de probabilidades de morir en los próximos diez kilómetros. Decido tomar una medida de emergencia, una medida que no había tenido que tomar en todo el viaje: pedalear en medio de la calle.

Lo bueno de hacer esto, es que los camioneros te respetan. No pueden adelantarte. Lo malo, es que esos mismos camioneros te detestan, porque no pueden adelantarte. Para evitar provocarles tantas molestias, me tiro cerro abajo a toda velocidad.

Llego al siguiente pueblo enterito.

En la tarde, diluvio. De esas lluvias tan fuertes, que te hacen reir, porque no puede ser que seas tan estúpido como para estar pedaleando bajo una tormenta de ese calibre.
El agua se siente tan fuerte como una ducha, el camino se convierte rápidamente en un río, y a lo lejos se ve un arca de madera donde, desde la cubierta, un  tipo de barba canosa y túnica te grita en hebreo «¡¡Súbete weon!!».

Estaba suave la lluvia

Eventualmente la lluvia para. Llego al lago Naivasha empapado, y encuentro un colegio de primaria donde pido alojamiento. El guardia me ofrece una sala de clases para mí solo donde puedo poner mi carpa, y sugiere que me levante temprano para salir del colegio antes de que lleguen los niños. «¿A las 6 am está bien?», le pregunto. «No hay problema», me responde.

Primera vez durmiendo en un colegio

Día 3.

5.30 am. Llegan los primeros niños. Me miran con incredulidad. No entienden qué hace un mzungu durmiendo en carpa en una de sus salas.

Imaginate tienes diez años, despiertas muerto de sueño para otro día normal de colegio, y cuando llegas a tu sala, se encuentra durmiendo en carpa un chino tibetano que con suerte es capaz de decir «Hola». Así de extraño me imagino que debe ser para ellos.

6.00 am. El colegio está lleno! Y todos quieren estar conmigo. El guardia tiene que hacer malabares para que los niños no entren a la sala. Preparo mis cosas tan rápido como puedo, y salgo del colegio con un ejército de niños a mi alrededor.

¿Lo bueno de despertar cuando está oscuro? Que llegas a la entrada de Hell’s Gate National Park justo cuando está amaneciendo. El guardaparques te dice que eres afortunado. Al amanecer es cuando más ves animales. Unas zebras pasan a tu lado, como si estuvieran yendo a su trabajo en el parque. Pagas la entrada, tan ansioso como si estuvieras a punto de entrar a un parque de diversiones.

Hell´s Gate National Park

A continuación, uno de los momentos más bonitos de mi vida. ¿Recuerdas la primera escena del Rey León? ¿Cuando se muestra a todos los animales de la sabana mientras un tipo canta «Aaaaaaaa zigueñaaaaa…»? Es exactamente esa escena, pero en la vida real. Veo jirafas, gacelas, jabalíes, zebras y búfalos, todos conviviendo como si fueran amigos. Por allí y por allá, una que otra hiena esperando su momento para cazar. Sólo falta Simba.

Zebras

Me acerco a una manada de búfalos a sacarles fotos. Otro grave error. No se ven enojados; se ven furiosos. Les trato de explicar que yo también soy una especie de toro, Juan Pablo Toro, pero no hay caso. Los tres más grandes se preparan para atacar, y todos los demás se esconden detrás. Y yo ahí, todavía sacando fotos. ¿Dónde está el instinto de supervivencia?

Malditos búfalos. Una cara de enojo…

Uno de ellos embiste hacia mí a toda velocidad. Por mi parte, me pongo furioso. No sabía que tenía esa faceta en mi personalidad. Me dan ganas de matar al búfalo, de pelear por mi vida. Le grito con todas mis fuerzas dándomelas de soldado espartano, y el búfalo se da vuelta. Diez segundos después ya estoy tranquilo, pero decido irme a otro lado del parque. No me cayeron bien los búfalos.

¿Has pensado en lo curiosas que son las jirafas? El ser humano, tratando de ser creativo, ha inventado dragones y caballos con cuernos en la frente. Nuestra madre pachamama, en cambio, llega a otro nivel. Ha creado a un ser de cuello ridículamente largo con piel camuflada. La única razón por la cual no decimos «¿qué mierda?» cuando las vemos, es que desde chicos las hemos visto en la televisión. Pero son las criaturas más raras del mundo.

Al par de horas salgo del parque, y paso todo el resto del día dándole la vuelta al lago Naivasha por un camino desastrozo, pero que está lleno de monos, jirafas, zebras y jabalíes. No molesta ir tan lento por un camino así de bonito.
El que se apura pierde el tiempo.

Duermo en un hotel barato. Cada vez queda menos para ver a Eliud, el legendario Eliud.

Día 4.

Paso todo el día pedaleando por un camino aburrido comparado con lo que venía viendo. Al almuerzo llego a Nakuru. Tenía las esperanzas de que encontraría una ciudad bonita como Nairobi, pero no. Nakuru es un desastre. Almuerzo un pescado tan rápido como puedo, y me voy pedaleando cuesta arriba para llegar a una zona rural donde está el Menengai Crater.

A diferencia de Nakuru, ciudad de mierda, en Menengai Crater no hay autos. Niños maratonistas corren al lado mío todo el camino. Aparte de las aves cantando, silencio. Me saluda un tipo simpatiquísimo que me lleva a un lugar para acampar a pocos metros de la orilla del cráter. Me muestra la vida de su familia, simple y a la vez perfecta. Tienen un jardín donde han plantado todos los tipos de frutas y verduras que puedas llegar a imaginar. Nunca había visto paltas tan grandes.
Él y su familia son de esa gente que no tiene nada, pero a la vez lo tiene todo. Ver lo felices que están me hace sentir pena por aquellos que viven en la ciudad.

Día 5.

Empieza el verdadero desafío. Eliud Kipchogue entrena en Kaptagat, a 2600 metros de altura. Eso significa que, para llegar a él, hay que subir, subir y subir. Y eso es lo que hago, con una que otra parada a tomar té y comer chapati por $200 pesos chilenos.

A las 5 de la tarde el calor está a punto de terminar conmigo. Decido parar en un pueblo llamado Eldama Ravine, y tomar té hasta volver a sentir el cuerpo. Encuentro otro hotel barato donde aparece otra amable señorita de la recepción que me ofrece amor, mucho amor. Yo le doy las gracias, pero también le digo que no.

Día 6.

Último día, supuestamente.

¿Cuál era el desafío? Ah, sí, conocer a Eliud Kipchogue.
Por un momento se me ha olvidado la misión mientras mi atención se pierde en el paisaje por el cual estoy pedaleando. Ha pesar de las subidas interminables, este lugar es posiblemente lo más bonito que he visto en todo el viaje. Campos verdes rodeados por bosques naturales, puestos de fruta donde atienden señoritas encantadoras, vacas, niños sonrientes, y un cielo azul con nubes esponjosas muy similar a película de Hayao Miyasaki. Si me hicieran imaginar el paraíso, sería parecido a este camino. Es tan bonito, que hasta se me olvida lo cansado que estoy.

Son las 6 de la tarde. Estoy a 3 km de Kaptagat. Queda poco para que oscurezca. Llego a un pueblito enano de esos que tienen tierra roja. Todos me miran. Justo en ese momento pincho mi rueda trasera, y un minuto después empieza el diluvio. Estoy estancado bajo el agua. La tierra se convierte rápidamente en un barro que se adhiere a la bicicleta. La empujo hasta instalarme debajo de un techo de aluminio, y empiezo con el arreglo mientras se reúne lo que parece ser todo el pueblo alrededor mío. Grito insultos hacia la bicicleta. Estoy embarrado.

No sé qué tiene esta rueda, pero es imposible de arreglar. Entre tres personas tratamos de sacar la cámara, pero es imposible. Después de media hora, los locales me llevan a una tienda donde a la vez se arreglan motos y se corta el pelo. El dueño logra arreglar el pinchazo. Le doy las gracias a todos, y me voy por un camino oscuro como boca de lobo para terminar los últimos tres kilómetros.

Llego a la entrada de un recinto donde hay un cartel que dice Rosa’s Camp. «Este debe ser el campamento de Eliud», pienso. ¡Lo logré! Entro caminando con unos zapatos que suenan por toda el agua que tienen. En mi mente tengo la imagen de Eliud recibiéndome con los brazos abiertos e invitándome a comer.

En cambio, lo primero que veo es a otro mzungu. Un español más blanco que yo, llamado Marcos. Me saluda y me dice que es el fisioterapeuta de los corredores, y me explica que me he equivocado. Eliud vive en otro campamento que está aproximadamente a cien metros de donde había pinchado rueda tres kilómetros atrás. Me ve la cara de decepción, y me invita a comer y alojar en el recinto.

Me acuesto feliz. Quizás todavía no conozco a Eliud, ¡pero qué día!

Día 7.

Pedaleo los tres kilómetros de vuelta, y llego a Global Camp, el campamento de Eliud Kipchogue. Antes de pasar por la entrada puedes ver una pista de atletismo de tierra donde los corredores entrenan varias veces a la semana. Entro al recinto sin ver el cartel que dice «prohibido la entrada de visitantes».

Lo primero que veo es a un grupo de cinco corredores acostados en el pasto. Me miran con cara de desconfianza, y yo les sonrío.
Con solo presentarme y decirles que he venido desde Nairobi en bicicleta logro ganar su confianza. Ahora se están riendo, tratando de entender cómo puede ser que alguien haya pedaleado tanto sólo para venir a este lugar. Yo estoy incrédulo. ¿Acaso yo, entre medio de este grupo de fenómenos que corren a la velocidad de la luz, soy el especimen? ¿Cómo les explico que lo que yo hago no es nada comparado con sus propios logros?

Nos hacemos amigos de inmediato. Se presentan.
Uno de ellos está a un segundo de batir el récord mundial en 800 metros planos. Se demora 1 minuto y 41 segundos. A modo de comparación: cuando yo estaba en el colegio me exprimía al máximo para correr en 3 minutos 14 segundos y así tratar de sacarme un 7.
Otro de ellos es cinco veces campeón mundial en 21 kilómetros.
Otra, la única mujer, es una de las mejores corredoras del mundo, y no sabe andar en bicicleta.
Y todos los demás corren maratones en menos de dos horas y diez minutos.

Es difícil llevarse mal con gente tan simpática y humilde. Uno de los grandes beneficios de viajar en bicicleta que he descubierto en este viaje es que la gente, a primera vista, cree que eres interesante, sin que necesariamente sea el caso. Eso te permite conversar con mayor facilidad. Los llevo a que puedan probar mi bicicleta, y con eso logro que me inviten a alojar. Me dicen que tengo suerte. Si no hubiera llegado un domingo, día de descanso para el equipo, jamás habría sido aceptado dentro del lugar. Eliud no lo habría permitido. Dejan que arme mi carpa en una pieza vacía.

Paso gran parte de la tarde conversando con ellos, haciéndoles miles de preguntas. Podría destinar todo un artículo a describir cómo viven y cómo entrenan, ya que todo lo que hacen es impresionante y a la vez sencillo. Pero por respetar la privacidad de ellos no puedo darme tal lujo.

Todo lo que veo y escucho es tan impactante, que al par de horas decido salir del campo de entrenamiento para tomarme un té en el pueblo.
El joven de 16 años que sirve el té me cuenta que corre 42 kilómetros en 2 horas 15 minutos. Y ni siquiera tiene zapatillas de trote.

Un simple mesero que sería el mejor corredor de Chile si le diéramos nacionalidad

Vuelvo al campo de entrenamiento. Junto a los corredores y el fisioterapeuta cocinamos Ugali con verduras, y me voy a acostar a las 10.
¡Mañana conoceré a Eliud!

Día 8.

El gran día.
Despierto a las 5:50 am, me visto rápidamente, y a las 6:00 estoy con mi bicicleta afuera de Global Camp junto a un grupo de diez corredores. Empiezan a trotar, siendo que está tan oscuro que no soy capaz de ver el piso. Paso las siguientes dos horas pedaleando dentro de un bosque tratando de seguirles el paso, admirado por la facilidad que tienen para correr.

¿Que por dónde corren en las mañanas estos fenómenos?

De vuelta en Global Camp tomamos desayuno: pan de molde sin nada, y té con leche.
Me explican que tengo que dejar todo listo para irme apenas llegue Eliud. Él no sabe que yo estuve ahí. Nunca antes alguien que no es parte del equipo había entrado al recinto de corredores. Sólo me dejaron dormir ahí porque entré sin permiso y les caí bien.

Dos horas después veo llegar una camioneta enorme al estacionamiento.

Es él. Eliud Kipchogue.

Lo espero afuera de su camioneta. Me tiemblan las manos. Sale de su auto, se acerca a mí, y nos estrechamos la mano. No sé que decir.

«Did you come with this bicycle?», me pregunta.

«Yes, I did», le respondo.

La conversación se resume en dos brevísimos minutos, en los cuales Eliud me hace preguntas sobre mis viajes en bicicleta, y yo le respondo tan bien como puedo, pero sin el valor necesario como para hacerle preguntas de vuelta. ¿Cómo se conversa con alguien así de famoso?

Para terminar, Eliud saca su teléfono. Nos tomamos una selfie juntos.

«Do you have your phone?», me pregunta.

«For what?», olvidando que un mortal como yo, cuando conoce a una leyenda como Eliud, tiene que sacarse una foto. De otro modo nadie te cree.

foto con Eliud

«Okay. It was nice to meet you», me dice.

«Nice to meet you too», le respondo. Y lo veo entrar a Global Camp.
Por dentro estoy pensando «¡Espera! ¡Dame un minuto para calmar los nervios! ¿Cómo puede ser que la conversación sea tan corta? ¡Tomemos té al menos! ¿Cómo te hago saber que para venir a verte tuve que pedalear bajo la lluvia, acampar en colegios, enfrentar búfalos, y subir montañas enormes? ¡Merezco algo más!».

Empiezo a pedalear a mi próximo destino, tratando de entender lo que acaba de pasar. Todo fue demasiado rápido.
Tengo un gusto amargo por no haber podido entablar lazos profundos con Eliud.
Tengo un gusto más amargo aún por no haberme podido despedir de los corredores que conocí el día anterior.

Poco a poco, la sensación de amargura se reemplaza por una de satisfacción. Pienso en todo lo que me pasó los últimos siete días. Todas las experiencias que jamás se me olvidarán. Se me dibuja una sonrisa en la cara.

Con todo lo que me pasó, lograr conocer a Eliud Kipchogue en la «Misión: conocer a Eliud Kipchogue» fue lo menos memorable de la semana!

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Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

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2 comentarios

  1. Tremendooooo! jajaja Estaba esperando un poco más de detalle de la conversación con Eliud! Tienes que ser más responsable, el gusto amargo por no haber hablado más con él se lo das a tus lectores también! Qué gran experiencia esta, ver directamente cómo viven y entrenan estos atletas de alto rendimiento, simplemente genial!

    Muy entretenida la historia, las aventuras para llegar a conocer a Eliud me mantuvieron concentrado durante toda la lectura. Muy lindos paisajes, se pasó!

    Un abrazo JP Buffalo Bull.
    Cuídate y sigue disfrutando al máximo!

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