El gaucho legendario y maldito Jimmy

Esta es otra historia de antes de los viajes en bicicleta.

Villa O’higgins, Chile. Enero de 2018.

Después de seis viajes a la carretera Austral, por fin he logrado recorrerla hasta Villa O’higgins, el pueblo que simboliza el final.
Si quieres seguir más al sur, para ir a conocer Magallanes y Tierra del Fuego, tienes que cruzar a Argentina por unos cuantos cientos de kilómetros ó cruzar a pie el Campo de Hielo Sur, uno de los glaciares más grandes del mundo. Suena interesante la segunda opción. ¿Quizás para el futuro?

Deberíamos ser cuatro amigos los que estamos aquí, los mismos cuatro protagonistas de la historia de las carpas publicada hace unas semanas: Fuica, Urce, Tomacho y yo. Es el mismo viaje.

Sin embargo, sólo Tomacho y yo llegamos a la meta.

¿Qué pasó?

Fuica tiene mala suerte. Eso pasó.

Siendo cuatro, siempre nos separamos en dos parejas para viajar a dedo. Así aumentan la probabilidad de que un auto te lleve.

Cuando Fuica y yo hicimos dedo juntos, pasó el problema de las carpas, relatado en la historia anterior.

Cuando Tomacho hizo dedo con Fuica, no los llevaron en todo un día.
Mientras tanto, a Urce y a mí nos llevó una pareja de mexicanos que nos invitaron a comer y a hacer trekking mientras viajábamos todo el día con ellos.

Y ahora a Urce le tocaba hacer dedo con Fuica. Fuica se enfermó de la guata la noche anterior a la que teníamos que tomar un ferry.
¿Será porque por equivocación cocinamos los tallarines con agua de mar?

El único baño en los alrededores era el que estaba adentro del barco. Fuica entra apurado aguantando la churretera, y se topa con el capitán del barco. Le pide usar el baño. A la salida, le cuenta al capitán que está enfermo. El capitán lo mira de pies a cabeza, y le dice: «¿Sabí lo que te vendría bien? Un whiskazo».

A continuación, el capitán le sirve a Fuica un whiskey y un plato de papas con asado de cordero. Desafío para el estómago cuando uno está sano. Sentencia a muerte para aquel que ya viene enfermo.
Fuica come hasta languetear el plato, y con eso firma el contrato en donde acepta tres meses de malestar estomacal a cambio de un poco de cordero. No entraré más en detalles.

La cosa es que mientras Tomacho y yo vamos camino a Villa O’higgins, de paso encontrándonos a cuatro metros con un huemul, Urce y Fuica van de vuelta al norte, camino a Cochrane, donde Fuica irá a un hospital.

Fuica cree que tiene virus Hanta, y la paranoia le hace sentir todos los síntomas que un ser humano puede llegar a padecer. Resfrío, dolor de pulmón, calambres intestinales, dolor de cocos, todo.
Urce, que también piensa que Fuica tiene Hanta, pasa todo el camino pensando en qué va a decir en el discurso del funeral de Fuica. No, no estoy mintiendo. ¿Eso es de buen amigo o mal amigo?

Tomacho y yo pasamos dos días en Villa O’higgins, esperando a ver si Fuica se recupera y puede volver. Mientras tanto, pasamos el tiempo caminando por los alrededores y tratando de decidir qué hacer a continuación.

Al segundo día, Fuica decide volver a Santiago, y Urce empieza su camino de vuelta al sur para encontrarse con nosotros. No sabemos cuánto se va a demorar, depende de cuánto lo lleven a dedo.

Derrotado por su estómago, Fuica está a punto de subirse a un bus que simboliza fracaso. Quizás estarás pensando que se ve pálido porque está enfermo, pero él es así de blanco. Su piel proyecta luz en la oscuridad.

Ese mismo día, nos llega el rumor de que en el pueblo se está alojando un holandés de dos metros de altura que está preparándose para hacer un trekking olvidado, un camino por las montañas que los gauchos utilizaban antes de que hubiese Carretera Austral para viajar desde Villa O’higgins a Cochrane.
Le dicen la ruta de los pioneros.

Suena como la aventura perfecta.

Tomacho y yo partimos a caminar por el pueblo en busca del holandés gigante. Entre que Villa O’higgins es enano y que el holandés efectivamente es grande, nos demoramos unos tres minutos en encontrarlo. Lo saludamos casi que de abrazo, el holandés sonriendo pero al mismo tiempo preguntándose quiénes somos, y la conversación sigue más o menos así (en inglés):

«¿Cómo te llamas?», le pregunto.

«Han». (se pronuncia Jan)

«Un gusto, Han el Holandés. Tú no nos conoces, pero nosotros a ti sí. Sabemos de la caminata que quieres hacer, y queremos ir contigo».

«¡Vamos!».

¿Qué tanto hay que pensarse caminar por una semana con tres desconocidos? ¡Han el holandés está abierto a todo!

Han el holandés nos explica un poco más de la caminata. Nos dice que es difícil, que el camino no está marcado en muchas secciones, y lo más importante, que a lo largo de siete días sólo nos encontraremos con una persona que vive por esos lados.
Un gaucho legendario.
Su nombre es Eraldo Rial, y vive hace décadas en solitud junto a su ganado.

Ahora sí que la caminata se puso interesante. Conocer al gaucho legendario se convierte en una obsesión para los tres. Suena como una oportunidad única.

Al tercer día llega Urce. Se suma a la idea de hacer la caminata sin pensársela mucho. Compramos toda la comida que necesitamos (tallarines, salsa de tomates y avena para una semana), descargamos una ruta GPS para seguirla en caso de que nos perdamos, y conseguimos a un local (¿villaohigginisense?) que nos lleve en camioneta al comienzo de la caminata a la mañana siguiente.

Está todo listo.

Pasa la noche.

El villaohigginisense con su camioneta nos deja en la empezada.

Uno debería sentirse nervioso estando a punto de hacer un trekking abandonado como este.
¿Qué pasa si alguno tiene un accidente?
¿Qué pasa si nos perdemos?
¿Qué pasa si se nos acaba la comida?
No hay señal de teléfono. Es larga la lista de cosas que pueden salir mal. Pero Urce, Tomacho y yo ya tenemos experiencia haciendo caminatas de varios días, y Han el holandés trabajó años como guía de montaña por todo el mundo. Nos sentimos seguros con él. Todo va a salir bien.

Los primeros tres días de caminata resultan ser increíbles, pero a la vez una tortura. Las mochilas están pesadísimas por tanta comida, a ratos llueve, y el camino consiste en bordear dos lagos que están uno al lado del otro. El tema está en que estos lagos no tienen una orilla plana, si no más bien un cerro que cae directamente en el agua. Para bordearlos, los gauchos que utilizaban este camino iban a caballo improvisando la ruta, subiendo y bajando el cerro que cae al lago por donde sea que no hubiesen árboles y rocas. A ratos, llegaban hasta la orilla y metían a sus caballos al agua para poder seguir avanzando.

Para alguien que viaja a caballo, esto no suena tan terrible. Para alguien que va a pie, el caso de nosotros, es agotador. Aparte de todas las subidas y bajadas que parecen no tener sentido, decenas de veces tienes que detenerte, sacarte los bototos, y meterte al agua hasta las rodillas.

uno de los dos lagos

Aparte de eso, el camino no está bien marcado. Varias veces al día nos perdemos y tenemos que encender el teléfono para revisar la ruta y así volver al sendero.

Tomacho cargando una mochila más grande que él

Todas las tardes, ya sin energía, armamos las carpas en algún claro donde podamos protegernos un poco de posibles lluvias.
¿Qué hay de menú? Tallarines con salsa de tomates.
¿Es suficiente para suplir las calorías gastadas en un día de caminata? No, ni cerca.

Apenas terminamos de comer, nos ponemos a hablar de comida. Han el holandés escucha con atención y saboreando su propia saliva mientras describimos las delicias que contiene una «pichanga». Papas fritas, salchichas, un poquito de carne, un poquito de chorizo…nada mejor.

Poco a poco comer la pichanga se convierte en una obsesión casi tan grande como la de conocer al gaucho legendario, Eraldo Rial. Decidimos que cuando volvamos a la civilización, en Cochrane, iremos directo a una picada a comer pichanga.

las primeras dos noches acampamos afuera de unas cabañas abandonadas

Cuarto día. Conociendo al gaucho

Llueve. No para de llover.

El camino es plano, y cruza un bosque que, después de horas dentro de él, empieza ser monótono y aburrido. Cada uno camina a su propio ritmo, asegurándose que el que venga detrás no tenga problemas. Esto te permite un rato de silencio para reflexionar.

No sé lo que estará pensando Han el Holandés. ¿En comerse una Pichanga?

El Tomacho es filósofo, y probablemente está pensando en la razón de las cosas. O potos quizás.

Urce terminó hace poco con la Tere, su polola, y dadas las circunstancias, cuando está solo su mente se convierte en una fábrica de sufrimiento que se cuestiona las decisiones que ha tomado a lo largo de toda su vida. Por cada paso derecho que da, se lamenta en voz alta diciendo «Teeeeeere (seguido por un paso izquierdo), Teeeeeere (paso izquierdo), Teeeeeere (etc)».

¿Yo? Empiezo a hacer cálculos matemáticos para hacer pasar el rato. Entre sumas y restas descubro que con X tiempo de trabajo puedo ahorrar Y y salir a viajar por el mundo durante Z meses. ¡Suena como una locura! ¿Lo iré a hacer algún día?

Ya empapados y agotados, llegamos a una cabaña enana y apenas en pie que parece estar habitada.

Tiene que ser la casa de Eraldo Rial. ¡El gaucho legendario!

Además de conocer a Eraldo, estamos emocionados porque probablemente Eraldo tendrá una estufa encendida donde podremos calentarnos y secar nuestra ropa. Todo lo que tenemos puesto está mojado.

Tocamos la puerta.

A sorpresa nuestra, nos abre una mujer. ¿Eraldo es mujer? ¡Bien raro el nombre para una mujer! ¿O quizás Eraldo tiene mujer? Igual le quitaría un poco lo legendario. La gracia era que Eraldo vivía completamente solo en las montañas, como un ermitaño.

La mujer nos hace pasar. Adentro nos encontramos con otra mujer, un gaucho joven, y, acostado sobre una banca de madera, Eraldo Rial. El gaucho legendario.

¿Cómo te imaginarías a un gaucho legendario?
Nosotros llevábamos cuatro días pensando en cómo sería Eraldo en la vida real. Nos imaginábamos a un señor ya en sus setenta, viejo pero a la vez fuerte como un hombre de veinte. Con una miraba y personalidad reflexiva después de tantos años en solitud. Vestido con boina, poncho y botas, tal como uno se imagina a un típico gaucho de la Patagonia.

Eraldo es viejo, sí. Pero no se ve fuerte. A falta de mejor descripción, está hecho mierda. Lastimado. Parece ser incapaz de poder levantarse de esa banca. No viste con poncho y boina, sino con unos harapos negros y sucios que no se los debe haber cambiado en semanas. Entre la ropa que usa y su barba larga, parece un vagabundo de los que se ven en las calles de Santiago más que un gaucho legendario.

Eraldo nota nuestra presencia, pero se limita a hablar poco o nada. Quizás tiene demasiado dolor y poca energía para recibirnos en su hogar. Sólo se mueve para recibir la calabaza con mate cuando le toca su turno.

Los que lo acompañan resultan ser sus dos hijas y un amigo de las hijas. Han venido a ayudarle por unos días con los toros que tiene Eraldo, porque él está demasiado débil como para trabajar con ellos solo. Resulta que semanas atrás a Eraldo le cayó encima la rama de un árbol, y desde ahí que está semi postrado e invadido por el dolor.

Los cuatro llevaban todo el día dentro de la cabaña tomando mate esperando a que la lluvia pase. Nos sentamos con ellos. La «casa» son dos piezas. La habitación donde duerme Eraldo, y la habitación donde estamos nosotros. Está oscura, sin electricidad, y tiene una cocina al medio que sirve para calentar el agua del mate y a la vez calentar la casa, pero como las ventanas están rotas, nos seguimos cagando de frío. El lugar está lleno de utensilios y pieles colgadas y platos sucios y baldes y webadas.

Pasamos una hora hablando de la ruta de los pioneros y de la vida de Eraldo. Ahí las hijas nos explican que, ya décadas atrás, Eraldo encontró trabajo aquí cuidándole el ganado y el campo a un patrón. Entre que no tenía muchas alternativas, Eraldo «abandonó» a sus hijas para venirse a trabajar solo en las montañas.

Una vez cada seis meses, Eraldo va a caballo a Villa O’higgins para comprar provisiones para los siguientes seis meses. Arroz, papas, hierba mate y cigarros. No se necesita mucho más. El resto del tiempo se lo pasa disfrutando de la solitud en las montañas.

De vez en cuando Eraldo interrumpe la conversación para decir algo, pero lo poco que dice no tiene sentido. Se nota en su forma de comunicarse que los años en solitud le han pasado la cuenta al momento de tener que tratar con otros humanos. Probablemente es una persona reflexiva y en contacto con la naturaleza, pero no tiene las palabras para comunicar lo que siente o piensa de la vida. Sólo le queda vivirla.

Se detiene la lluvia. Es momento de salir a trabajar. Por algo vinieron las hijas de Eraldo y el otro gaucho.

En el ganado de Eraldo hay unos treinta toros. Estos toros son calientes. Tan calientes, que cuando hay una vaca en celos, le dan y le dan sin parar, a tal punto que la pobre vaca muere por tanta brutalidad y calentura. Eso es un problema. Para solucionarlo, hay que capar a casi todos los toros (cortarles los testículos), y dejar a tan sólo uno o dos para que puedan seguir apareándose. Esos toros no capados no saben la suerte que tienen.

Nos preguntan si los podríamos ayudar a capar a los toros.

¿Hay opción de decir que no? Sí. Han el holandés ama a los animales. Es vegetariano. Prefiere no castrarlos si puede evitarlo. Dice que no quiere ayudar.

Yo también llevo toda la vida diciendo que amo a los animales. No soy capaz de entender un rodeo, por ejemplo. Pero dado que estamos en la casa de Eraldo Rial, el gaucho legendario, siento que hay que seguirlo a él sin pensarla mucho y olvidando todo tipo de principios que uno tiene. Tomacho y Urce piensan lo mismo.

Apenas la hija de Eraldo dice que es momento de trabajar, Eraldo se transforma. Se pone de pie así como no hubiese dolor. Se pone las botas, y empieza a liderar la salida. Era como si todos sus malestares hubiesen desaparecido para que él pudiese continuar con la labor de toda su vida. Es tanta la energía que tiene, que es el primero en salir de la cabaña. Tranquiiiiilo, Eraldo. ¡Todavía no se acaba el mate!

Eraldo parte caminando, y yo soy el único que lo sigue. Va tan rápido, que hay que apurarse para seguir su ritmo.

Para llegar a los toros, hay que cruzar un riachuelo que, si te caes, te empapas por completo. El caudal avanza con velocidad. Lo único que hay para cruzar es una rama mojada y delgada que sirve como puente. Eraldo tiene botas y le da lo mismo mojarse, así que pasa como si fuera lo más fácil del mundo. Yo lo sigo, y la rama se hunde dentro del agua, y me termino empapando hasta las rodillas.

Eraldo Rial cruzando el riachuelo

Llegamos donde los toros, y poco rato después llega el resto. Han el holandés se quedó tomando mate en la cabaña para no presenciar la masacre que viene a continuación. Los toros están encerrados en un cerco de madera. Si no, al ver la primera capada, saldrían corriendo para intentar salvar sus testículos.

Reparten los trabajos.

Las dos hijas de Eraldo y el otro gaucho están encargadas de lacear a un toro, amarrarlo a un poste, y después amarrar sus patas a otro poste para que quede inmovilizado en el piso, sin posibilidad de defenderse.

El tomacho y Urcelay están encargados de asegurarse de que los toros no se escapen. No tengo idea cómo van a hacer eso.

Yo estoy encargado de mantener una fogata encendida para calentar el metal que sirve para marcar a los toros, así uno distingue quién es el dueño.

Eraldo controlará a los toros, y cortará los testículos y los cuernos.

Eraldo rial (izquierda) junto a su hija

Capar al primer toro resulta ser una brutalidad. Es un espectáculo digno de olvidar. Entre forcejeos mal hechos, amarras demasiado apretadas, y un exceso de resistencia por parte del toro, la tarea demora varios minutos. Hay sangre por todos lados, y gritos de dolor, y la amarra del cuello está tan apretada que el toro casi queda inconsciente por la asfixia.

Yo trato de no mirar mucho, y me concentro en alimentar el fuego, pero a ratos volteo para ver si Tomacho y Urce están tan horrorizados como yo. Sí, lo están.

Sorprendentemente, cuando más grita el toro no es cuando le cortan los cocos, si no cuando lo marcan con el metal candente. El metal que yo calenté en la fogata.

Llevamos un solo toro. Son treinta.

Pasan las horas. Los testículos se acumulan. Eraldo Rial, el gaucho legendario, efectivamente se comporta como un gaucho legendario. Se mueve entre los toros con total seguridad, así como si no existiera la más mínima posibilidad de que uno de ellos pudiese atacarlo y matarlo frente a todos nosotros. Y te hace sentir esa misma seguridad.

Por cada coco rebanado siento que voy perdiendo más y más el derecho de decir que amo a los animales.

Imagínate ser cualquiera de esos toros, y despertar esa mañana feliz de la vida y probablemente un poco caliente, y no sabes que al final del día vas a perder tus cuernos y tus testículos, y te van a marcar con un metal candente, y pasarás el resto de tu vida desconfiando de cualquiera que se acerque a ti.

Eraldo Rial y el que escribe, sentados junto a la fogata que sirve para hacer chillar a los toros

Se termina el trabajo. Ya es casi de noche. Armamos nuestras carpas fuera de la casa de Eraldo, y mientras intentamos dormir, escuchamos los lamentos de los toros al otro lado del río.

Pasan toda la noche llorando.

El quinto día consiste en cruzar un valle frío y ventoso. No sé si nos equivocamos o qué, pero tenemos que cruzar suficientes ríos como para perder la cuenta. El agua viene de un glaciar, heladísima, y lo que empieza a pasar es que entre caminar mucho y enfriar nuestros pies con el agua, a todos nos empiezan a doler los pies, a tal punto de que cojeamos con cara de dolor todo el trayecto.
A pesar del dolor, no hay muchas más opciones que seguir avanzando cuando estás en el medio de la nada.

El sexto día tenemos que cruzar un río grande. Por lo que habíamos escuchado, la clave está en cruzarlo antes de la cascada, y no después. Suena como algo simple, si sabes dónde está la cascada. Nosotros no lo sabemos. Nos perdemos, y llegamos al río en el peor lugar que uno podría llegar a cruzar, bajo la cascada.

El problema no es caminar por el agua. Para eso lo que hacemos es tomarnos los cuatro de los brazos, y si uno pierde el equilibrio, los otros tres lo ayudan a que no siga río abajo y muera dolorosamente.

Lo que viene después del cruce es lo difícil. Para volver al sendero hay que «escalar» una «pared». Es una bajada que está en el límite entre lo escalable y lo no escalable para gente que no escala, que es el caso de nosotros. Tienes que subir varios metros de altura usando piernas y brazos, y asegurarte de no caerte. Si te caes, cagaste.

Me doy cuenta de que si la pienso mucho, no voy a subir. Me ofrezco para subir primero.

A duras penas, resbalándome y una vez casi perdiendo el control, logro subirla sin accidentes. Urce y Tomacho también la suben sin morir.

Dejamos de último a Han el Holandés, que debe tener unos cincuenta años. Tiene buen estado físico para alguien de cincuenta, pero aun así tiene cincuenta. Y lleva una mochila pesadísima. Y mide dos metros. No está hecho para escalar. Empieza a subir lentamente, cuidando cada movimiento. Cuando llega al final, que es la parte más difícil, le ofrezco mi mano, y Han empieza a perder el control, y por un segundo nos miramos a los ojos ambos invadidos por el terror, sabiendo que estaba a punto de desatarse el desastre. Adiós, Han el Holandés.

No sé cómo, pero Han logra recuperar el control, y termina subiendo hasta el final.

Fiufffff.

Ese mismo día acampamos dentro de un bosque, y ya cocinando los tallarines, escuchamos el ruido de algo gigantesco que camina entre los árboles.

BUM. BUM. BUM.

Todos en silencio. Nos ponemos de pie, para recién ahí ver, a unos treinta metros, al toro más grande de la historia. Es un monstruo de color negro. Suficientemente grande como para que uno naturalmente eligiera no emitir sonidos y a la vez pedir perdón al cielo, por si el toro decide que tú no vas a vivir más. Ese toro hace lo que quiere contigo.

Por suerte, el toro negro sigue caminando, y al rato desaparece.

Nuevamente, fiuuffffff.

Último día. Ya no queda avena, ni salsa de tomates. De desayuno cocinamos tallarines sin nada para darle sabor, y a Urce se le pasan, y están excesivamente blandos. ¡¡Puta madre!!

Diez kilómetros de cojeo nos dejan en el glaciar Calluqueo, hermoso, que simboliza el final de la ruta de los pioneros.

¡Llegamos al final!

Eso sí, seguimos lejos de la civilización, a sesenta y cuatro kilómetros de Cochrane. Nos tiene que llevar un auto. Si no, cagamos. ¡No nos queda comida!

Sólo hay un bus y una van. Nada más.

El bus es de una empresa de turismo que lleva a gente de la tercera edad a lugares bonitos de la patagonia. Entramos, nos hacemos amigos de todos los viejitos y del conductor, les preguntamos si les importaría si nos fuéramos con ellos de vuelta a Cochrane, y cuando nos dicen que ellos estarían encantados, nos empezamos a relajar.

Poco rato después llega la guía turística, le decimos si nos puede dejar subirnos ya que hay asientos vacíos y todos los abuelitos están de acuerdo con que vayamos arriba, y nos dice que no.

Vamos a la van. La última opción. Adelante va el copiloto y el conductor, que se llama Jimmy.

Maldito Jimmy.

Atrás, la van va vacía.

Le preguntamos a maldito Jimmy si es que nos puede llevar de vuelta y nos dice que sí, pero que primero va a subir a su cabañita que tiene por ahí en las montañas para tomarse unos mates.

No hay problema, te esperamos maldito Jimmy.

Pasan cuatro horas en las que nos dedicamos a tirar piedras a un cartel. Está lloviendo, pero no importa mojarse, si igual Jimmy nos va a llevar.

Vuelve maldito Jimmy. Su van viene llena de cosas.

«Perdón, no caben los cuatro», nos dice maldito Jimmy.

Yo intervengo: «Jimmy, nos dijiste que nos podías llevar. Está lloviendo y no tenemos comida, ¡y no ha pasado ningún otro auto en todo el día!».

«Sí, pero no caben los cuatro. Puede entrar uno», responde maldito Jimmy.

«¿Uno? ¡¿UNO?!». ¡¡Puta madre Jimmy!!

«Quizás, si movemos unas cosas, podemos llevar a dos». Nos dice, así como para consolarnos.

Quiero matar a Jimmy. ¡Él dijo que nos llevaría! ¿Eso no se hace! ¿Qué vamos a hacer ahora? ¡No tenemos comida y no ha pasado ningún otro auto! Empiezo a tratar de convencerlo diciendo que intentemos reorganizar la van completa, y Urce ve mi desesperación, y me pide que me calme enfrente a Jimmy.

Rato después, Tomacho y Han el Holandés se suben a la van de maldito Jimmy, y se van. El grupo se separa sin saber cuándo nos iremos a ver denuevo, y qué irá a pasar con Urce y yo.

Apenas se va la van, empiezo a putear a Urce sin ningún tipo de filtro.

«¿¿CÓMO ME DECÍ QUE ME CALME AL FRENTE DE JIMMY?? ¡¡SI TENÍAMOS QUE CONVENCERLO!! ¿ACASO NO TE DAY CUENTA DE LA SITUACIÓN EN LA QUE ESTAMOS? ¡NO HA PASADO NINGÚN OTRO AUTO EN TODO EL DÍA! ¡CAGAMOS!»

Justo ahí pasa otro auto.

Nada de hacer dedo. Urce y yo nos ponemos frente al auto para cerrarles el paso. Es una familia simpática que viene a conocer el glaciar Calluqueo. Les explicamos nuestra situación, y dicen que nos llevarán en unos minutos.

Si bien hace un minuto nos estábamos puteando, ahora Urce y yo nos abrazamos celebrando que nos salvamos. ¡Auto caído del cielo!

64 kilómetros de recorrido nos dejan en Cochrane. Vamos a un camping. Han el Holandés y Tomacho nos ven, y se les ve plena felicidad en sus caras al saber que sus compañeros que quedaron atrás están bien. ¡Qué alivio! Para ellos, subirse al auto de maldito Jimmy fue una tortura.

Armamos nuestras carpas, y vamos a una picada a comer esas pichangas que llevaban una semana en nuestras cabezas. Cada uno se sirve una porción para dos o tres personas.

Somos felices.

La vida es buena.

La única foto de equipo que tenemos. De derecha a izquierda: Han el holandés, Urce, Tomacho y yo

Tres comentarios para terminar:

  1. Eraldo Rial murió al año siguiente. Es tan legendario, que tiene un documental en Amazon Prime Video llamado «Gaucho».
  2. Un mes después del viaje Urce volvió con la Tere. Se casaron el 2022
  3. Meses después, viendo tele en mi casa, veo un reportaje sobre un tipo que va a la Patagonia en busca de un toro negro gigantesco, que es muy difícil de ver. No logra encontrarlo.

Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

El problema de las carpas

Esta historia es de antes de los viajes en bicicleta.

Coyhaique, Chile. 26 de Diciembre de 2017.

Me encuentro en el centro de la ciudad empezando un nuevo mochileo en la Carretera Austral. Esta vez estoy acompañado por tres amigos de la universidad. Uno es Fuica y los otros dos se llaman Tomás. Para distinguirlos, les vamos a decir Tomacho y Urce.

¿La idea? Hacer dedo para llegar ese mismo día a la empezada del trekking en la Reserva Nacional Cerro Castillo. Después vendrían cuatro o cinco días de caminata por un valle paradisíaco.

Fácil. Son sólo 50 kilómetros de viaje a dedo para llegar a la entrada. No debería haber problemas.

Es muy difícil que una camioneta nos recoja a los cuatro, así que para que nos lleven más rápido, decidimos que lo mejor que podemos hacer es separarnos en dos parejas. Los Tomases van juntos, y yo me quedo con Fuica. Fuica atrae mala suerte, pero yo no sé esa parte.

Yo había hecho el trekking años atrás, así que antes de separarnos, le aclaro a los Tomases dos cosas:

1)No hay señal en la entrada del trekking, así que no nos podremos contactar.

2)La entrada del trekking está varios kilómetros antes de la Villa Cerro Castillo. Si es que llegan a la villa, significa que la cagaron.

Al poco rato, una camioneta se detiene y se lleva a los Tomases. ¡Todo bien! Ahora sólo faltamos Fuica y yo. Recién ahí nos damos cuenta de que los Tomases se llevaron las dos carpas que tenemos, lo cual nos obliga a encontrarnos nuevamente ese día a como dé lugar. No hay problema. Seguro nos va a ir bien.

Pero la mala suerte que acarrea Fuica se hace presente, y pasan horas sin que nadie nos lleve a dedo.

Son las siete de la tarde. Oscurece en un par de horas. Recién ahí para una segunda camioneta. Nos subimos al pick up, y aguantamos cincuenta kilómetros cagados de frío hasta llegar a la entrada del parque. Menos mal, porque si no nos llevaban no íbamos a poder encontrarnos con los Tomases, y al no tener carpas íbamos a tener que dormir en la intemperie.

El que escribe (izquierda) y Fuica (derecha)

Pero llegamos a la entrada del parque, y nos sorprendemos al ver que estamos sólo Fuica y yo.
¿Dónde mierda están los Tomases? ¡¡Les dijimos que nos esperen en la entrada!!

Nos empezamos a preocupar. Es demasiada la incertidumbre. Necesitamos saber dónde están nuestros amigos, pero al mismo tiempo no tenemos señal en el teléfono para contactarnos con ellos. ¡Mierda!

Lo único que queda es ser racionales. Hay que ponerse en los zapatos de los Tomases y pensar qué carajo hicieron para lograr no estar en la entrada.

Una opción es que hayan pasado de largo y ahora estén en la Villa Cerro Castillo, pero no pueden ser tan weones, porque nosotros les dijimos que se tenían que bajar antes.

Otra opción es que los hayan secuestrado.

La tercera opción es que, al ver que nosotros no llegábamos en varias horas, hayan decidido empezar el trekking y caminar hasta el Campamento 1 para instalar las carpas y esperarnos ahí.
Tiene sentido.

Asumiendo que los Tomases no son tan pavos como para pasarse y que no los secuestraron, Fuica y yo decidimos que lo mejor es ir a buscarlos al Campamento 1.
Y eso hacemos.

Empezamos a caminar, ya haciéndose de noche y sin tener carpa.

El problema ahora es que no sabemos qué tan lejos está el campamento 1, entonces nos puede pasar que caminemos horas y que se haga de noche y que aún no lleguemos, y que no tengamos donde dormir, y que a Fuica lo ataque un puma porque atrae mala suerte, y yo salgo corriendo aprovechando que el puma se está comiendo a mi amigo, y encuentro una cueva en las montañas, y termino viviendo años como un ermitaño preguntándome cómo la historia pudo terminar así.

Pasan dos horas de caminata. En ese tramo tenemos que cruzar tres ríos helados con agua que te llega hasta las rodillas, donde en cada uno hay que darse el cacho de sacarse y ponerse las botas y calcetines.

Se empieza a poner oscuro, y todavía no llegamos al campamento 1. Y no sabemos cuánto queda. Justo ahí vemos una casucha abandonada a orillas del camino. Se ve frágil, suficientemente frágil como para que uno sea capaz de botarla con una patada fuerte. Pero puede servir como reemplazo de la carpa. Fuica y yo decidimos que es mejor dormir ahí comparado con poner el saco de dormir en el pasto. El lugar está sucio y probablemente lleno de caca de ratón portadora de virus Hanta, pero nada que hacer. Comemos tallarines y nos acostamos.

Primera noche, y todavía no encontramos a nuestros amigos.

dentro de la casucha
la casucha por fuera

A la mañana siguiente arreglamos todo rápido, y caminamos con toda la motivación del mundo sabiendo con seguridad que nos encontraremos con los Tomases en el campamento 1.

Un par de kilómetros de caminata y una cuarta cruzada de río nos deja en el campamento 1 y…

¡Sorpresa!

No están los Tomases.

En ese momento pasamos de cambio, y la preocupación que veníamos trayendo pasa a ser preocupación excesiva. ¡¡Dónde están!!

Se pone a llover.

Si o sí tienen que estar en el Campamento 2. Está sólo a un par de kilómetros. ¿Dónde más podrían estar?

Con lluvia y un frío de ese que te hace estar de mal humor, caminamos hasta el campamento 2 para confirmar, con total seguridad, que los Tomases no están en ninguno de los dos campamentos.

Volvemos al campamento 1, porque ahí hay una cabaña de guardabosques que parece estar abandonada. Quizás podemos entrar y servirnos un café y refugiarnos de la lluvia y pensar qué hacer ahora.

Efectivamente, los guardabosques no cerraron la puerta trasera de la cabaña, y Fuica y yo entramos asegurándonos de que nadie nos vea. Si llegase a pasar que nos encuentre un guardabosques inspeccionando el lugar, nos va a llegar un reto tremendo.
Vale la pena el riesgo. Tenemos frío, y no tenemos carpa.

Hay un segundo piso donde podemos poner nuestros sacos de dormir sin que nos vean por las ventanas. Si es que llega un guardabosques quizás podemos quedarnos callados y pasar piola.

Mientras calentamos el agua para hacernos un café, tenemos una sola pregunta dando vuelta por nuestras cabezas:

¿Dónde están los Tomases?

Mientras tanto….la situación de los Tomases

Urce y Tomacho se suben a la camioneta con las dos carpas del grupo, y al cabo de un rato llegan a la entrada del parque. Saben que nosotros venimos detrás, así que se sientan a esperar.

Esperan, y esperan, y seguramente se ponen a tirar piedras a un cartel para matar el tiempo, y probablemente Urce va a las plantas a cagar porque sé que caga hartas veces al día y que no está bien de la guata. Y siguen esperando.

¡Se está haciendo tarde! ¿Dónde están Toro y Fuica? ¿Cómo puede ser que no los hayan llevado en tanto rato? Ellos, al igual que yo, todavía no saben que Fuica atrae mala suerte.

Los Tomases deciden actuar con lo que ellos definen inteligencia, y entran al parque tan sólo unos metros para armar la carpa y esperarnos ahí. Tiene sentido. El tema está en que no quieren armar la carpa justo arriba del camino, entonces se apartan del sendero y se instalan entre medio de unos árboles.

¿Qué tan visibles se instalaron?
Suficientemente poco visibles como para que sus dos amigos, con cuatro ojos sanos, no lograsen verlos y pasaran de largo al Campamento 1.

Entonces, mientras Fuica y yo estamos preguntándonos dónde mierda están los Tomases, los Tomases están preguntándose dónde mierda están Toro y Fuica.

Se ponen en nuestros zapatos para intentar achuntarle a nuestra ubicación. Hay tres opciones:

1)Puede ser que ningún auto nos haya recogido a Fuica y a mí, y que por lo tanto sigamos en Coyhaique.

2)Puede ser que nos hayan secuestrado.

3)Puede ser que hayamos pasado de largo y estemos en Villa Cerro Castillo. Pero Toro no puede ser tan weon, si él mismo dijo que había que parar antes. Él sabía dónde estaba la entrada.

No queda otra que esperar.

Lo bueno, es que los Tomases tienen las carpas para dormir.

Lo malo, es que de toda la comida del grupo sólo tienen las compotas de fruta y unas barritas de cereales. Fuica y yo tenemos los tallarines, la salsa de tomate, y el café.

Pasa la primera noche.

Al día siguiente, Tomás y Tomás pasan toda la mañana esperándonos. Ellos no saben que nosotros estamos haciendo lo mismo, pero en el Campamento 1. Tiene que haber pasado algo malo.

Deciden que lo mejor es que uno de ellos vuelva unos kilómetros en dirección a Coyhaique hasta recuperar señal de teléfono, y así poder contactarse con nosotros.

Urce se pone a hacer dedo, y mientras espera, observa cómo unos arrieros rompen una cerca para hacer pasar unas vacas que tenían en el campo. Qué raro. ¿Por qué habrán roto la cerca? Totalmente innecesario. Llega un camión, los arrieros suben a las vacas, y aprovechan también de subir a Urce.

Acarrean a mi amigo unos cuantos kilómetros, hasta que encuentran señal. Urce intenta llamarnos. No le contestamos, porque Fuica y yo, que estamos en el campamento 1, tampoco tenemos señal. Se sube a una camioneta para llegar de vuelta a la entrada del parque.

De vuelta en la entrada del parque se encuentra con un grupo de arrieros a caballo que, urgidos, le preguntan «¡¿¿Hay visto a unos weones que se robaron unas vacas??!»

«¡¡Sí!!» responde Tomás, «¡Van camino a Coyhaique!»

«¡¡Gracias!!» le dicen los arrieros. Parten galopando a toda velocidad camino a Coyhaique buscando a los ladrones que les robaron las vacas.

Un par de horas después, mientras Urce está intentando comprender lo que acaba de pasar, se encuentra denuevo con los ladrones de vacas manejando el camión. Esta vez van en la dirección contraria. Suben al camión un segundo grupo de vacas. Saludan a Urce y siguen de largo. Tomás está vuelto loco intentando buscar una manera de contactar a los dueños de las vacas a quienes acaba de enviar en la dirección contraria. Pero no hay nada que hacer.

Los Tomases pasan el resto del día esperando, y leyendo, y conversando, y contentándose con compota.

La situación en el Campamento 1

Como no sabemos dónde están los Tomases, no se nos ocurre nada mejor que esperar refugiados en la cabaña del guardabosques en el campamento 1. Suponemos que eventualmente a los Tomases les entrará la lógica y se darán cuenta que nosotros tenemos que estar aquí, que no hay otra opción. No tiene sentido volver caminando a la entrada del parque, porque no tenemos cómo saber si ellos están ahí o no. Son trece kilómetros con varios cruces de río. La flojera nos supera.

Lo bueno, es que estoy acompañado por Fuica. Mi idea es sentarme con él a tomar café y hablar de la vida hasta que encontremos la iluminación espiritual o hasta que lleguen los Tomases. Cualquiera de las dos. Suena como un buen panorama. Pero lo que termina pasando es que por las siguientes dos horas nos dedicamos a discutir sobre potos y tetas, y después Fuica se va a dormir una siesta de seis horas, para despertarse justo cuando la cena de tallarines con salsa de tomates está lista. ¿Cómo puede dormir tanto?

Lo único bueno del día, es que a lo largo de la tarde, mientras Fuica duerme y yo miro el techo, pasan por el campamento otros viajeros caminando en nuestra misma dirección. Cuando les pregunto si han visto a dos sujetos llamados Tomás, afirman haber visto una carpa color azul instalada en la entrada del parque.

¿Cómo podemos asegurarnos de que los dueños de la carpa azul son los dos Tomases? ¡No sabemos de qué color es una de las carpas! Sólo sabemos que mi carpa, que la tienen ellos, es naranja. Quizás la otra puede ser roja, o verde, o quién sabe.

Poco rato después, pasan caminando dos alemanas que están haciendo el trekking en la dirección contraria a nosotros, y que por lo tanto llegarán esa misma tarde a la entrada del parque. Les pedimos ayuda. Ellas aceptan. Escribo en el celular de una de ellas el siguiente mensaje, para que se lo muestren a los Tomases en el caso de que ellos sean los dueños de la carpa azul:

«Hoy es 27 de Diciembre. Estamos en el primer camping, a un día de caminata de Villa Cerro Castillo. Jurábamos que ustedes iban a estar aquí. Si ustedes no llegan mañana 28 al camping supondremos que no se encontraron con la dueña de este celular y están en el pueblo. Entonces caminaremos a Villa Cerro Castillo el 29. Llegaremos ese mismo día o el 30. Abrazo».

Comemos tallarines con salsa de tomates, y nos acostamos a dormir.

Van dos noches sin encontrarnos con nuestros amigos.

Al tercer día pasan más y más viajeros. Todos aseguran haber visto la carpa azul, pero no saben quiénes estaban adentro. Muy probablemente son los Tomases. ¿Serán ellos? ¿Habrán recibido el mensaje? Si no lo reciben, al día siguiente tenemos que despertarnos al alba y hacer una maratón para llegar a Villa Cerro Castillo.

Pasan las horas. Fuica duerme. Yo salgo a caminar, pero al minuto veo lo que yo creo que es caca de puma. Me acuerdo que una vez cuando chico un gaucho me mostró caca de puma, y me llamó la atención ver que la caca tenía pelos.
La cosa es que esta caca también tiene pelos, y no quiero toparme con un puma estando solo, así que vuelvo a la cabaña a observar cómo Fuica duerme.

En la tarde llega a la cabaña el hermano chico de Tomacho. Resulta que él también estaba haciendo un mochileo por la carretera austral. Nos confirma con toda seguridad haber visto a su hermano acampando al principio del sendero, cagado de hambre a pura compota.

Al fin aclaramos que los dueños de la carpa azul al principio del sendero son los Tomases. Ahora sólo nos queda confiar en que las alemanas se encontraron con ellos y les entregaron el mensaje, y a lo largo de la tarde deberían llegar.

El hermano chico de Tomás se va. Fuica sigue durmiendo. Yo me meto a mi saco, pero no puedo calmar la preocupación. Desde el segundo piso se puede ver por un ventanal la entrada del campamento 1, entonces uno puede comprobar si pasa alguien o no.
Me levanto cada diez segundos para revisar si es que han llegado los dos Tomases.

Se hace tarde. Está a punto de oscurecer. ¡¡Cómo puede ser que no lleguen!! Malditas alemanas, seguro no entregaron el mensaje. Hace más de un día que estuvimos con ellas.

Estoy a punto de perder la esperanza. Ya es demasiado tarde. Me levanto por milésima vez para ver la entrada del parque. Grito como nunca.

Los Tomases están entrando al campamento.

«¡¡¡Fuica!!! ¡¡Llegaron weon llegaron!!», bajamos de cabeza al primer piso, y los cuatro nos saludamos de abrazo y gritos, celebrando como si hubiésemos ganado un mundial.

reencuentro con los Tomases

Explicando lo que pasó con los Tomases el último día

Entonces, la primera noche los Tomases no nos vieron e instalaron la carpa azul en la entrada.

El segundo día pasó el problema de los ladrones de vacas, y nuevamente no nos encontraron. Estaban tanto o más preocupados que nosotros. En ningún minuto pensaron que nosotros los habíamos pasado y estábamos en el campamento 1.

El tercer día pasaron todo el día esperando. La preocupación era insoportable. Algo malo nos tenía que haber pasado.

Tipo 7 de la tarde, Urce entra a la carpa. Le llama la atención un papel blanco. Él es ordenado dentro de la carpa, así que por lo general no deja papeles tirados. Lo da vuelta. Es una nota que tiene escrito exactamente lo que yo había descrito en el celular de la alemana. Tomás grita de la emoción, y corre hacia la carretera, donde se encuentra el otro Tomás haciendo dedo para ir a Villa Cerro Castillo a ver si estamos ahí.

«¡¡Para!! ¡¡Fuica y Toro están en el campamento 1!!».

Guardan la carpa a toda velocidad, y parten caminando a las 8 de la noche. Saben que, si no llegan esa misma noche, a la mañana siguiente Fuica y yo partiríamos caminando a Villa Cerro Castillo, porque eso le escribimos en el mensaje.

Resulta que el día anterior las alemanas llegaron a la carpa azul, pero no encontraron a ninguno de los dos Tomases dentro. Probablemente cada uno estaba cagando en el bosque. Esperaron y esperaron, sin saber que ambos Tomás cagan lento. Finalmente, una de las alemanas decidió anotar mi mensaje en un papel, y dejarlo dentro de la carpa con la esperanza de que alguien lo encuentre.

la nota

Urce se demoró casi un día en encontrar el mensaje, pero lo encontró. Y ambos llegaron al campamento 1 una noche antes de que Fuica y yo siguiéramos caminando a Villa Cerro Castillo.

Volviendo al Campamento 1

Después de la alegría del reencuentro, los cuatro amigos entramos a la cabaña del guardabosques para cocinar y dormir.

Lo primero que dice Urce cuando entra a la cabaña es «Está todo lleno de caca de ratón. Tenemos que acampar fuera».

Ese año había un brote de virus Hanta en la Patagonia. El virus se transmite a través de la caca de ratón, especialmente en lugares cerrados. Fuica y yo llevábamos dos días dentro de esa cabaña. Cuando se acostaba en el saco, Fuica tenía al lado de su cabeza un montículo de caca de ratón que alguien había acumulado con una escoba. Y como nosotros no sabíamos identificar caca de ratón, no le dimos importancia.

Pasamos los siguientes días disfrutando de caminar y viajar a dedo por la Carretera Austral los cuatro juntos. Recorrimos las catedrales de mármol, fuimos al glaciar exploradores, nos alojamos con un weon medio loco y caliente, y caminamos una semana en una ruta olvidada donde vivía un gaucho legendario llamado Eraldo Rial, que en paz descanse.

Suena como una buena aventura, pero al mismo tiempo Fuica y yo teníamos presente en todo momento que quizás, en tres meses, empezaríamos a sentir los malestares físicos que te da el Virus Hanta.

Urce, Tomacho, Fuica y yo al día siguiente del reencuentro
Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

Sonia

Esta no es una historia de viajes, pero espero que la disfrutes.

Al día de hoy, la Sonia tiene 80 años. Viejita po! Piensa que cuando ella nació, Hitler estaba dejando la cagada en Europa. ¡Menos mal naciste en Chile y no en Polonia, Sonia!

Pero está demás decir que la Sonia no siempre fue viejita. A veces cuesta imaginarse cómo era en su juventud una persona que conoces en su tercera edad. Es como si hubiesen nacido así, viejas.

Efectivamente la Sonia tuvo infancia, y la pasó viviendo con sus papás y sus hermanos. Una familia humilde que salía adelante gracias a que todos aportaban con trabajo desde jóvenes.

Cuando la Sonia tenía catorce años, llegó a su casa una tía que llevaba en sus brazos a una guagua de un par de años. Resulta que a la tía se le había ocurrido tener demasiados niños y no había tanto espacio en su casa, así que le pidió a la mamá de la Sonia que se hiciera cargo del bebé Juan Carlos.

Quizás a ti te sonará raro que alguien entregue a su guagua así nomás, pero al parecer, a la familia de la Sonia no les importó mucho. Recibieron al niño sin pensarlo dos veces.

Desde ahí que la Sonia dice que Juan Carlos es su hermano, a pesar de que no es su hermano.

Sonia y Juan Carlos. Esos son dos de los tres nombres que te tienes que acordar para esta historia.

La cosa es que cuando la Sonia tenía dieciocho años ya estaba trabajando con mi familia. Esto vendría siendo el año 1960. No sé cómo, pero llegó a hacer trabajos de costura para mi abuela, mi bisabuela y algunas tías abuelas que al día de hoy ya deben llevar hartos años bajo tierra.

La Sonia era excelente costurera, pero a la vez se le daba muy bien cuidar a mi mamá cuando ella era tan sólo una niñita. Hace poco le pregunté a la Sonia por esos tiempos, y me decía que mi bisabuela era una mujer jodida y que me mi mamá se portaba bien, así que ella hacía lo posible para pasar poco tiempo con la vieja y más tiempo cuidando a la niñita.

La Sonia pasó los siguientes treinta años trabajando con mi abuela ayudando a mantener a la familia y la casa. En todos esos años ella nunca se casó, y se quedó viviendo con su hermano Juan Carlos y su hermana Tere. Cuando mi mamá tenía 27 y se casó con mi papá, la Sonia se fue a trabajar con ellos para cuidarme a mis hermanos y a mí. Toda una vida con mi familia. Es por eso que tengo la suerte de conocerla.

la Sonia y yo hace algunos años. Tengo pocas fotos con ella

Suficiente resumen del pasado de la Sonia. Ahora estamos en el año 1992. Ella tiene 50 años. Todavía no lo sabe, pero su vida está a punto de cambiar por completo.

En ese año, la Sonia solía ver caminar por su barrio a una joven embarazada. La Sonia y la joven no eran cercanas, pero se saludaban como buenas vecinas.

Al cabo de unos meses, la Sonia vuelve a ver a la misma joven caminar por el barrio. La diferencia, es que ahora ya no está embarazada. Y tampoco lleva a un niño consigo.

La Sonia no se la pudo con la curiosidad. Se acerca a la joven.

«Qué pasó con el niño?», pregunta la Sonia.

La joven no responde. Dominada por la vergüenza, evita cruzar miradas y se va.

Algo raro está pasando.

La Sonia necesita saber la verdad. Ahora se acerca al abuelo de la joven, y vuelve a preguntar qué pasó con el niño.

«No queremos saber nada de él. No es parte de la familia», responde el viejo, y después continúa: «Si quiere verlo, vaya al hospital».

Eso es lo que hace la Sonia. Junto a su hermano Juan Carlos, se dirigen al hospital que queda cerca del barrio. Perdiéndose entre los pasillos, eventualmente llegan a donde el niño.

Recién ahí entienden la situación.

Resulta que el hijo de la joven nació con Hidrocefalia congénita, una enfermedad en la que se te acumula mucho líquido en el cerebro al nacer, lo cual provoca todo tipo de limitaciones. Pocos días después de nacer, le dio una parálisis cerebral.

Los doctores saben que, sin importar lo que hagan, este niño jamás podrá desarrollar habilidades motrices ni expresarse como las demás personas.
Probablemente no vivirá mucho, pero si es que vive, pasará toda su vida entre una cama y una silla de ruedas, sin poder hacer nada de lo que el resto de la sociedad hace. Habrá que darle de comer, llevarlo al baño, limpiarlo, y estar a su disposición en todo momento.

Entonces, cuando la madre vio que su niño nació con una discapacidad, decidió simplificar su vida y abandonarlo en el hospital. Y su familia la apoyó en la decisión.

El niño llevaba cinco meses abandonado en el hospital. Nadie lo registró como hijo suyo.

La Sonia, al entender lo que está pasando, no se la piensa dos veces. Sabe que ella y Juan Carlos deben hacerse cargo del niño. Sino, ¿Qué pasará con él? ¡No pueden dejarlo abandonado en el hospital!

Entonces, gracias a la ayuda de una enfermera que también deseaba que alguien se hiciera cargo del pobre bebé, Juan Carlos va a la oficina de registros para anotar como hijo suyo al niño Juan Andrés. O como todos lo conocemos, Juanito.

Sonia, Juan Carlos y Juanito.

¿Te das cuenta del peso de esta decisión?

Una cosa es tener un hijo. Con tanto cuidado y atención, se nota que no es algo fácil. Por algo se dice que «ser mamá es el trabajo más difícil del mundo». Y cuando veo a mis hermanas cuidando a mis sobrinos, no puedo evitar pensar en que estoy de acuerdo con esa frase.

Otra cosa es adoptar a un niño. Requiere el mismo nivel de cuidado y atención, pero al mismo tiempo no tienes esa conexión entre madre e hijo que te otorga la naturaleza, y no tienes esas similitudes genéticas tanto en físico como en personalidad que vienen de fábrica y que te hacen sentir «yo lo entiendo porque es mi hijo».

Un nivel más allá sería lo que decidió la Sonia con Juan Carlos. Adoptar a un niño con hidrocefalia congénita y parálisis cerebral que requerirá atención completa todo el día todos los días de su vida.

¿Salir con amigas? No es tan fácil. Ahora hay que cuidar a Juanito.

¿Juntarse con la familia? Tiene que ser en la casa de la Sonia, porque es muy difícil mover a Juanito.

¿Salir a caminar por el barrio? Sólo si hay otra persona que esté con Juanito mientras lo hagas.

Sin importar lo que la Sonia y Juan Carlos quieran hacer, ahora hay que pensar en Juanito primero. ¡En un niño que llegó a la vida de la Sonia cuando tenía cincuenta años!

Y no sólo eso. Dejando de lado todo el tiempo y cuidado que Juanito demanda, uno de los desafíos más difíciles de cuidarlo es poder comunicarse con él.
Juanito, en el mejor de los casos, puede decir una o dos palabras y mover un poquito las manos. Con esas limitaciones, debes aprender a saber si Juanito tiene hambre, o si quiere dormir, o si está de buen o mal humor, o si necesita ir al baño. También puede pasar que Juanito está inmensamente incómodo en la posición que se encuentra en su silla, pero no es capaz de pedirle a la Sonia que lo ayude a moverse. Y se le terminan formando heridas en la piel.

Sé que todo esto suena difícil.
¿Cómo puede ser que la Sonia y Juan Carlos hayan elegido comprometerse con algo así?
Empiezas a entenderlo cuando conoces a Juanito en persona.

Cuando lo visitas por primera vez, lo primero que sientes es compasión y un poco de injusticia.
¿Cómo puede ser que a él le tocó nacer en esas condiciones, y a mi me tocó la suerte de poder moverme y expresarme sin problemas?
¿Cómo podemos vivir en un mundo tan injusto?

Lo segundo que sientes, es que se te llena el corazón. Si bien Juanito no se puede expresar como quisiera, sabes que quiere a la Sonia y a Juan Carlos con toda su alma, y sabes que la Sonia siente lo mismo por él. Entre ellos hay un lazo igual o más fuerte que cualquier madre podría llegar a tener con su hijo. Poder verlos a ellos juntos es un espectáculo que quieres apreciar sin interrumpir, porque sabes que es algo único. Sólo quieres sentarte junto a Juanito y la Sonia y ver cómo se tratan el uno al otro con amor.

la Sonia y Juanito

El doctor había dicho que Juanito no viviría mucho, así que la Sonia y Juan Carlos deben aprovechar cada día que estén con él. No saben cuándo se les acabará la oportunidad de cuidarlo y quererlo.

Pasa un año.

Pasa un segundo año.

Un tercero.

Un cuarto.

Juanito ya tiene cuatro, y sigue estando bien. No soy capaz de expresar a través de palabras lo lento que son cuatro años. La cantidad de cosas que pasan en ese período de tiempo. ¡Piensa por un momento en qué estabas haciendo hace cuatro años!

Los años siguen pasando. El año 2005, cuando Juanito tiene trece y yo nueve, la Sonia decide que dejará de trabajar con mi familia para dedicarse a tiempo completo a Juanito. Yo lloro y lloro y no paro de llorar, porque no puede ser que ya no veré a la Sonia todos los días. Al mismo tiempo, sé que ella tiene prioridades más importantes que estar conmigo y con mis hermanos. ¡Hay que cuidar a Juanito!

El tiempo pasa. Mientras algunos soñamos con estudiar una carrera universitaria y hacer deporte y viajar por el mundo y emprender, la Sonia se concentra en una sola cosa:
Cuidar. A. Juanito.
Y a pesar de todos los años que han pasado, lo sigue haciendo con el mismo amor y cariño, y con un poco más de paciencia. Es importante recalcar que la Sonia ya tiene una edad avanzada. No es fácil para ella levantar a Juanito para bañarlo todos los días. Requiere un esfuerzo físico inmenso.

Entre que la echo de menos y que quiero ir a ver cómo está Juanito, empiezo a ir a su casa una vez al mes. Siempre se siente como poco, y que debería ir más seguido. Pero no es fácil ir, porque cada vez que voy quedo conmocionado por ver a la Sonia y a Juanito, y a la vez me pregunto qué estoy haciendo con mi vida.

El 2017 Juanito se gradúa de la escuela para niños con necesidades especiales.

El verano del 2018 Juan Carlos muere. El funeral es tristísimo. Sí, Juan Carlos era una gran persona, y todos lo vamos a echar de menos. Pero a mí lo que más me da pena es que ahora la Sonia se quedó sola cuidando a Juanito. Si antes ya era difícil ocuparse de él, ahora la dificultad se duplicó. Ver a la Sonia llorando de pena y sintiéndose sola en este mundo es algo que no se olvida nunca.

En Diciembre del 2022 volví a Chile después de dieciséis meses de viaje. No había pasado una semana desde mi llegada, y fui directo a ver a la Sonia y Juanito.

Hace poco, la Sonia había cumplido ochenta años y Juanito había cumplido treinta.
El niño que «viviría poco» con treinta años.
La casa estaba exactamente igual que cuando me fui.
La Sonia seguía igual.
Juanito seguía igual.
Era como si el tiempo se hubiese congelado entre esas paredes mientras yo no estaba.

Le doy un fuerte abrazo a la Sonia, y después entramos a la pieza de Juanito.
«¡Juan Pablo!» me dice Juanito. ¡Se acuerda de mí!

Nos sentamos en una cama que está  al lado de la de Juanito. Escuchamos música en la radio, porque sabemos que a él le encanta.
La Sonia se ve feliz, pero triste a la vez.

Feliz, porque sabe que ha vivido una vida en la que se ha dedicado 100% entregada a los demás. Una vida con sentido.

Triste, porque se siente sola. Echa de menos a Juan Carlos. Sus hermanas y sobrinos no están viviendo en Santiago, así que la vienen poco a ver. La hermana que vive con ella, Tere, no tiene buena salud y pasa todo el día dentro de su pieza.

Intentando expresar lo que siente, me dice «No importa lo que sienta, Juan Pablo. Se acepta la situación. Hay que cuidar a Juanito. Seguir aguantando».

Pasamos un par de horas juntos. Al cabo de un rato, me despido de abrazo de ambos. Como dije anteriormente, me voy conmocionado y preguntándome sobre qué he hecho con mi vida. ¿A quién he ayudado? ¿Cómo puede ser que exista en el mundo una persona tan, pero tan buena como la Sonia?

Cuando escucho a alguien criticar al ser humano, diciendo que somos seres malvados que hacemos cosas terribles, lo primero que pienso es que esa persona no sabe que existe la Sonia y Juanito. No sabe que existe ese nivel de bondad. Y no lo saben, porque personas tan humildes como la Sonia no andan por la vida tratando de hacerse famosas y que la gente sepa de su historia. Son demasiado bajo perfil como para preocuparse de ese tipo de banalidades.

Escribí esta historia porque me gustaría que más gente sepa lo que está pasando en algunos rincones de Chile. Me gustaría que más gente sepa la historia de la Sonia, de lo que ha hecho estos últimos treinta años.

Y si ahora, que estás a punto de terminar de leer, te estás preguntando qué estará haciendo la Sonia en este mismo instante, yo te lo puedo responder con seguridad:

Cuidando a Juanito.

Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

La gran vuelta de los Balcanes, parte II

En la parte I de mi vuelta por los balcanes muestro a través de fotos mi paso por los primeros cinco países: Bulgaria, Norte de Macedonia, Kosovo, Montenegro y Bosnia y Herzegovina. Me tuve que saltar Serbia porque no sabía que no se podía cruzar desde Kosovo a Serbia por tierra.

En esta segunda parte llego a Croacia, y empiezo a pedalear en dirección sur para llegar a Grecia, pasando nuevamente por Montenegro, y cruzando Albania.

Croacia

En la frontera para cruzar a Croacia me detiene un policía amenazante que me pregunta «Tienes drogas?». Yo le digo que no. Él me dice que si le paso las drogas, me deja ir sin problemas, pero que si no se las paso y él las encuentra, me encierran cinco años. Yo insisto en que no tengo, pero al mismo tiempo me empieza a preocupar que alguien me haya metido algo en las alforjas cuando no estaba atento (he escuchado historias similares). El policía me mira fijo a los ojos y me deja pasar sin revisarme.
Croacia!
Me subo a un ferry gigantesco en donde sólo estoy yo y una persona más
La parte de Croacia que nadie te muestra
Típico pueblito que se ve en la orilla, con edificios de colores claros y techos naranjos
Habiendo llegado en Noviembre, me toca Croacia para mí sólo y con buen tiempo
Vista desde la carpa
Tomo otro ferry para llegar a una de las islas más bonitas que he visitado: Mljet
Ese no es el sol, es la luna! Nunca la había visto así de brillante. Se podía pedalear en la noche sin necesidad de usar una linterna. Aquí es cuando lamento no saber más de fotografía, porque el paisaje era mil veces mejor de lo que se ve en esta foto
Acampar en Mljet estaba prohibidísimo! Y me costó muchísimo encontrar un escondite. Terminé acampando a orillas de una laguna y justo encima de un sendero de caminata, aprovechando la luna llena para no prender mi luz y así me aseguro que no me multen
A la mañana siguiente ordené todo antes de que saliera el sol, para irme a la segura de que no me vean
No sólo no habían turistas, sino que tampoco habían croatas. Estaba todo cerrado. Paisajes paradisíacos para mi solo! No podía estar más agradecido
Volví al continente, y de pura suerte encontré una playa increíble para acampar. A continuación voy a mostrar varias fotos del mismo lugar, porque debe estar entre las top 3 acampadas que he hecho
Justo antes de que salga el sol
Desde afuera de mi carpa podía mirar a los peces y un pulpo que hacía todo tipo de rarezas
Dubrovnik! Ciudad muy turística que se hizo más famosa aún porque aquí se filmaba Game of Thrones (la ciudad King’s Landing)
Obligado a hacerle caso al cartel
Buscar una banquita para sentarse en el campo. Armar un picnic de pan con queso, salame y aceite de oliva casero. La vida es buena

Montenegro:

De vuelta en Montenegro, camino a Kotor
foto desde el hostal en Kotor
Kotor visto desde el otro lado del lago
último día en Montenegro

Albania:

Albania!
«Te puedo copiar la tarea? Te prometo que la cambio un poco»
Acampé en una casa en construcción llena de murciélagos
Enver Hoxha fue un dictador que gobernó Albania entre 1944 y 1985. Le daban terror los ataques nucleares, así que mandó a construir más de 750.000 búnkers repartidos por todo el país para proteger a la población
Personalmente diría que Albania fue el país con los peores paisajes de los balcanes. No porque era feo, sino porque los otros eran impresionantes. Eso sí, creo también que la gente es la mejor!
Día de descanso. Usar la bici sólo para comprar frutas y verduras
Después de parar a almorzar aquí tuve que cruzar una montaña muy empinada. No me paró de llover en toda la tarde

Grecia:

En mi primera noche en Grecia no paraba de llover. Intentaba meterme a edificios abandonados, pero todos estaban custodiados por perros. Finalmente decidí acampar en la terraza de esta iglesia que se ve en la foto. Poco después empezó la verdadera tormenta, con rayos y viento y lluvia torrencial
Yo sabía que nadie me iba a molestar en la noche porque la iglesia estaba pegada a un cementerio. Por lo general la gente le tiene miedo a ir a cementerios en la noche
La lluvia caía sobre el masetero que se ve a la izquierda, y después pasaba hacia el piso. Se me mojó toda mi ropa de cambio, mi colchoneta, mi saco de dormir y mis electrónicos
A las 6 am llega el padre a cargo de la iglesia, y se sorprende al verme acampando. En vez de echarme a patadas, me pidió educadamente que ordenara todo rápido y me regaló pan para tres días
Por fin! un poco de sol. El pronóstico anunciaba diez días seguidos de tormenta
poco antes de la siguiente lluvia
Me pilla una tormenta con granizos enormes que me azotan todo el cuerpo. Entre adrenalina y la intensidad del entorno yo estaba disfrutando como nunca
llegué a refugiarme a un restorán al lado de esta señora que tenía una de las sonrisas más lindas que vi en el viaje
Esta foto resume super bien mi paso por Grecia: la mitad del tiempo con sol, la mitad con lluvia
Estaba anunciado lluvia torrencial para la tarde, pero sorpresa! Se despeja por dos horas. Entre que tenía todo mojado y que sabía que un rato llovería denuevo, disfruté este sol como nunca
en esta parte de Grecia la tormenta siempre viene desde el oeste, y uno puede ver cómo se acerca hacia tí
Parece que le puse mucho aire a mi rueda trasera, porque después de tomar un café en un pueblito, me subo a la bici y la rueda explota. Justo al lado había un perro que casi se infarta con el ruido y a la vez hace un amago para morderme por pura irracionalidad. Cada vez que pienso en esto me río
Se acerca de inmediato este amable señor y me lleva en auto a otro pueblito para comprar una rueda nueva. La gente es buena!
Grecia es un país increíble para pedalear. Caminos lindísimos con poco auto
¿Qué tal este atardecer?
Todos los días hacía un esfuerzo por encontrar una playa donde acampar
Grecia tiene playas bonitas a donde sea que vayas
otra tormenta más
Vuelvo al norte para visitar una isla llamada Zakynthos
¿Qué venderá este señor? me arrepiento por no haberle comprado
Subir, subir, subir! camino a una de las playas más lindas del mundo
Navagio beach para mí solo!
Después de Navagio Beach, paro a rellenar mis botellas en un monasterio griego ortodoxo de 500 años con unos monjes simpatiquísimos
Acampando en una plantación de olivos
Mi último destino del viaje con la bicicleta: la isla Cefalonia. Aquí conocí a Vangelis, el papá de un amigo, quien me alojó por dos noches. Muy buena compañía! Se nos pasaron un poco los tragos. Cosas que pasan. Le regalé mi bicicleta a él y su familia
Tomé un bus a Atenas, y aproveché de visitar la Acrópolis
Fin! Después de esto pasé una semana visitando amigos en Francia (la cyclofamily), y tomé un avión de vuelta a Chile después de 16 meses de viaje

La gran vuelta de los balcanes relatada en fotos, parte I

Después de haber pedaleado por un año, haber hecho trekking por cuatro semanas y haber descansado cuatro semanas en los países Nórdicos, volví a la bici en Octubre de 2022 para pedalear dos meses en la región de los balcanes (ex-Yugoslavia).

La idea era visitar cada uno de los países de esta región. Como ya había hecho trekking en Rumania y Eslovenia, me faltaban Bulgaria, Norte de Macedonia, Kosovo, Montenegro, Serbia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Albania y Grecia.

En este artículo hay fotos de los primeros cinco países visitados. El primero fue Bulgaria.

BULGARIA:

Durmiendo en un bosque a las afueras de Sofía, una de las ciudades que menos me gustan en el mundo
Tuve la suerte de llegar a los balcanes en pleno otoño
Casa típica que se ve en Bulgaria, con una mesita afuera donde se venden frutas
No te voy a mentir, no soy fan de Bulgaria. Conocí gente buena, comí rico y vi paisajes bonitos, pero sólo se necesitan un par de pelotudos en el camino para que tu experiencia en un país no sea positiva. En Bulgaria conocí a varios pelotudos

NORTE DE MACEDONIA:

Acampando bajo la luna llena en un campo de Norte de Macedonia. Cuando hay luna llena uno puede cocinar y leer sin necesitar linterna
Si me pagaran un dólar por cada tortuga que rescato a lo largo del camino, ahora tendría un dólar
Estuve a punto de llevármela conmigo. Supongo que me habría convertido en el primer chileno en la historia que viaja por el mundo en bicicleta acompañado por una tortuga
Me encontré con una pareja de cicloturistas alemanes, Stella y Linus. El día anterior encontraron un cachorrito a orillas del camino y lo rescataron. De nombre le pusieron «Little Pablo». (fuera de Chile le digo a la gente que mi nombre es Pablo, porque nadie sabe decir Juan.
Acampando en un campo con las manzanas más ricas que he probado
¿Se considera robar si le sacas una manzana a un árbol en el campo de otro? ¿Y si la recoges del piso? Pensaba en este tipo de cosas mientras disfrutaba de una manzana que saqué de un árbol
Llegué a Ohrid, el pueblo más bonito de Macedonia
Días de descanso en Ohrid
En Ohrid tuve el privilegio de conocer a Pete Gost, un británico que ha viajado más de 130.000 kilómetros por el mundo en bicicleta. Él fue una de las personas que inspiró. Compartimos una pieza por dos noches, y él se quejaba porque yo roncaba y hablaba dormido. Pasábamos todo el día hablando de viajes y de la vida. Su instagram es «petegost»
La bicicleta de Pete es la de la derecha. Llevaba casi la mitad de peso que yo. Un hombre con experiencia
También me volví a encontrar con Stella y Linus
Pasamos una tarde entera bañándonos en un muelle y tomando cerveza. De los mejores días del viaje
Rojo otoñal
Secando la carpa con los últimos rayos de sol

KOSOVO:

Azul: reconoce a Kosovo como país
Rojo: no reconoce a Kosovo como país
Verde: se la está pensando si reconocerlo o no
¿Qué tanto se la piensa Chile? ¡Que somos complicados pa nuestras cosas!
En mi primera noche en Kosovo conocí a estos dos cicloturistas que venían empezando su viaje por el mundo, y me mostraron las maravillas que uno puede comprar por cincuenta centavos en las panaderías de Kosovo
¡Problema! Mi idea era viajar desde Kosovo a Serbia, pero Serbia no reconoce a Kosovo como país y no te deja cruzar la frontera terrestre. Debido a eso, tuve que ir directamente en dirección a Montenegro y perderme visitar Serbia
Entre Kosovo y Montenegro había una montaña enorme. Estuve todo el día subiéndola motivadísimo. Y ya al final del día, cuando acampaba, me di cuenta que no había paso fronterizo en ese camino. Me tuve que devolver por donde vine
¿Es un error haber subido ese camino si me llevó a ver paisajes como este?
Todas estas fotos eran parte del camino «erróneo»

MONTENEGRO:

Eventualmente llegué a Montenegro, y fui feliz
Otoño!
Todos los días buscaba un río cristalino para bañarme como Dios me trajo al mundo
Pasé días y días cruzando montañas para llegar a un pueblito llamado Zabljak, donde me alojé en un «hostal» que era básicamente arrendarles una pieza a una familia que vivían en una cabaña diminuta. En esa casa tanto los papás como los niños hacían competencia de quién era el más raro
Paisajes que se ven en Durmitor National Park, Montenegro
Cruzar este parque nacional fue de lo más bonito que vi en el viaje. Aparte, no habían turistas, ni autos, ni ruido. Y los días me tocaron soleados
Con tanta montaña, los frenos de la bicicleta se me gastaron por completo, y justo antes de encontrar un taller me tocó bajar una montaña empinadísima. Fue adrenalínico
A través de booking llegué a alojarme con esta serbia. Era simpatiquísima, pero no era capaz de entender que yo no hablaba serbio. Estuvimos horas conversando ella en serbio y yo en inglés, y ninguno de los dos entendía nada

BOSNIA Y HERZEGOVINA:

Bosnia, país azotado por la guerra
Qué le hicieron a este Jesús!
¡Sorpresa! En Bosnia pescaron una vía de tren abandonada y la convirtieron en ciclovía. Estuve un par de días pedaleando por una ciclovía plana que cruzaba valles lindísimos
Pinchazo número 1.000.000
Alojé en el jardín de este restorán, y el dueño me invitó un licor de Bosnia que me curó de inmediato
Después de un par de días la ciclovía se convertía en un camino descuidado que pasaba por unos túneles oscuros como boca de lobo que estaban plagados de murciélagos
Llegué a Mostar, uno de los pueblos más famosos de Bosnia. Aprendí sobre la guerra que hubo en este país unos cuantos años atrás
La gente en Bosnia es simpatiquísima

A continuación: la gran vuelta por los balcanes parte II (Croacia, segunda vez en Montenegro, Albania y Grecia).

Círculo Polar Ártico, relatado en fotos

Agosto, 2022:

Desperté de una siesta en Budapest con el siguiente pensamiento: «¿Por qué todos los exploradores de National Geographic van a lugares remotos como el Círculo Polar Ártico, y yo no? ¡Qué envidia!».

De inmediato busqué un pasaje a Svalbard, en el círculo polar ártico, y me di cuenta que no eran tan caros. Compré un pasaje para finales de Septiembre de 2022.

Mi familia me vino a ver a Escandinavia por dos semanas. Me despedí de ellos en Estocolmo, tomé un tren a Oslo, y después tomé un avión a Svalbard
SVALBARD!!! En el paralelo 78°
Está lejos
Longyearbyen es el pueblo más grande en Svalbard, con aproximadamente 2000 habitantes. En la isla hay más osos polares que personas
Longyearbyen es una zona supuestamente segura de osos polares, pero la gente de todos modos camina con escopeta en la espalda. Por si las moscas
Edificio minero abandonado cerca de Longyearbyen
Me bañé tres veces en el mar Ártico. Dejémoslo en que placentero no era
Erwin, antropólogo francés con quien que pasé toda la semana en el mismo hostal
Post baño
Sí, en el ártico hay ciervos.
No, yo tampoco sabía.
Los tours en Svalbard son CARÍSIMOS, pero al mismo tiempo, es la única forma de salir de Longyearbyen con la seguridad de que no te coma un oso polar. Pagué un paseo en bote de todo el día para tratar de ver un oso polar
Navegamos por una zona inhóspita donde se veían ballenas
Unos paisajes lindísimos que te dan esa sensación de que estás en un lugar duro y remoto, definitivamente no amigable para humanos
En esta foto hay una cabaña (en la orilla). Ahí en el siglo pasado se quedaron atrapados un par de decenas de mineros jóvenes durante todo un invierno. Lograron cazar su comida para sobrevivir, pero se envenenaron con la pintura de las latas en conserva que hervían en una olla. Tuvieron una muerte dolorosa que incluyó volverse loco a punta de alucinaciones
En el tour visitamos un pueblo abandonado de la Unión Soviética llamado Pyramiden
Los rusos querían mostrarle al mundo que podían prosperar en un lugar tan duro como este. Y definitivamente lo lograron
Caminábamos con una guía rusa que cargaba un rifle e su espalda, quien nos aseguraba que sería capaz de defendernos de un oso en el caso de un ataque. Yo no le creía. ¿Qué tan segura puedes estar de que vas a lograr disparar y matar a un oso que viene corriendo hacia tí?
Recorrer Pyramiden era rarísimo. Te podías imaginar la vida en este pueblo en los tiempos que prosperó
Actualmente las aves anidan en las ventanas
Bar del pueblo
Otro ciervo
Tenían hasta piscina!!
Y gimnasio
Estatua de Lenin, obvio
Lamentablemente no vimos osos polares, pero nos llevaron al glaciar más bonito que he visto. Me sentí pagado
Ballenas que se ven por Svalbard
Con amigos del hostal de Francia, Bélgica, Eslovenia y Rusia visitamos la Global Seed Vault. Leer descripción en la siguiente imagen
Después de Svalbard volví a Oslo. Tenía que esperar dos noches para tomar un avión a Rumania. En vez de quedarme en la ciudad, fui a un bosque sin gente con cinco litros de agua, e hice un retiro solitario de meditación y ayuno, sin señal. No comí en 36 horas
Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

Trekking en Dolomitas, relatado en fotos

Ya habiendo completado dos de cuatro trekkings en un mes (en Rumania y Eslovenia), hice dedo para llegar al tercer trekking en la región de las Dolomitas, Italia.

Siete autos me dejaron en la entrada de un trekking con esta vista. Una de las personas que me llevó era una italiana que iba comiendo pizza y escuchando Plácido Domingo a todo volumen. Cada vez que había una curva y se mostraba un nuevo paisaje ambos exclamábamos «Bellissimo!!»
Tre Cime es uno de los trekkings más famosos de Italia. Justo el día que subí había un feriado nacional. Creo que nunca había visto tanta gente en una montaña
Café con buena vista
Dolomitas es una región enorme, llena de bosques y pueblitos pequeños con estas vistas a la montaña
Trekking a Cinque Torri, también en la región de las Dolomitas
El alojamiento era ridículamente caro, así que ni pensar en pagar por una pieza. Cada noche me escondía en el bosque a acampar en silencio, y al día siguiente buscaba un río para bañarme
¿A quién más le gustaría vivir en esta cabaña a tiempo completo?
Me estaba bañando en calzoncillos en este río, y pasó por al lado mío toda una familia con los niños caminando.
Ya muy cansado, hice dedo para llegar a Trento con la esperanza de que alguien me aloje y así poder lavar mi ropa. Terminé durmiendo en un parque dentro de la ciudad
Pasé tres días en Milán esperando un vuelo a Islandia. Es la ciudad que menos me gusta en el mundo, pero me comí esta hamburguesa exquisita!
Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

Laugavegur trail y viaje a dedo por Islandia, relatado en fotos

Después de mi tercer trekking en un mes por Dolomitas (Italia), tomé un avión a Reykjavik, Islandia. Objetivo en este país: completar el Laugavegur Trail.

Reykjavik, la capital de Islandia. Viven 180.000 personas
Reykjavik
Islandia es carísimo, así que ni pensar en pagar por alojamiento. Por suerte en internet hay gente simpática que se ofrece a alojarte
Viajé a dedo para llegar a la empezada de Laugavegur trail en Skógafoss, una cascada famosa
El primer día de trekking consistía en caminar en sentido contrario a este río
A lo largo del río habían 22 cascadas enormes
ovejas islandesas
A los islandeses les gustan los licores dulces como este Opal.
Islandia, tierra de volcanes
Mi disposición para pagar por un camping era 0, así que cada día me escondía para acampar tranquilo sin que me encuentre un guardabosques
Glaciar gigantesco que se ve desde el camino
Paisajes impresionantes que cambian radicalmente cada pocos kilómetros
Yo no podía estar más feliz caminando por aquí, pero poco rato después de esta foto me encontré con dos mujeres que lloraban de miedo porque era el primer trekking que hacían en sus vidas. Me hizo pensar en cómo influye la preparación que tienes en una experiencia. El mismo escenario puede ser algo increíble, o una pesadilla.
Quería viajar liviano, así que de comida tenía un par de paquetes de quinoa y un par de paquetes de lentejas. Y para saciar el antojo por algo dulce, una cucharada de miel al día.
Se hizo tarde, y se levantó un viento brutal. Estuve una hora buscando un lugar donde refugiarme, hasta que finalmente decidí cubrirme detrás de esta roca. Mala idea
A las 5 am el viento cambió de dirección y casi me vuela la carpa. A las 6 am ya estaba caminando
Pasé por un paisaje plano y cubierto por ceniza volcánica. Debe ser lo más parecido a la luna que debemos tener aquí en la Tierra
Me encontré con Steven, un americano de mi edad que me dijo que al día siguiente iba a haber una tormenta brutal que nos dejaría atrapados sin importar dónde nos refugiemos. Junto a él y dos franceses decidimos caminar 34 kilómetros en un día para terminar el trekking sin problemas
Frío
Vapor que sale de la tierra
Steven, músico estadounidense. Gran tipo!
Uno de los franchutes. Olvidé su nombre
Maravilla! después de doce horas de caminata, al final del trekking había un arcoiris completo. También habían termas naturales y un lugar donde acampar
Como mi trekking terminó antes de lo esperado, no sabía qué hacer con el resto de mis días en Islandia. Decidí ponerme a hacer dedo en dirección oeste, hacia los westfjords
En uno de los autos que me llevaron se subió también una polaca que estaba cruzando Islandia a pie junto a su perro
Me llevaron a dedo dos alemanes que estaban estudiando un doctorado de química en Suiza. Me hablaron sobre Henry Kissinger y sobre el mundillo tóxico de los doctorados
roadtrip!!
Junto a los alemanes llegué a la cascada más bonita que he visto
Westfjords
Llegué a un pueblo llamado Isafjorour, en los Westfjords. Mi objetivo era quedarme tres días ahí y hacerme amigo de todos los locales
En tres días no conocí a un solo local
Todas las noches me iba a un bosque a las afueras del pueblo para acampar
Si bien no logré mi objetivo de conocer a la gente local, una noche vi auroras boreales!
Hice dedo para volver lentamente a Reykjavik (eran 7 horas de manejo). Al poco rato me recogió un islandés que ofreció llevarme directamente a mi destino. Paramos a bañaros en unas termas y hablamos de podcasts, gente loca, hongos alucinógenos y la vida en general
En Reykjavik me volví a encontrar con Steven y otro americano llamado Dan, que no podía estar más enfermo
En mi último día en Reykjavik el mar estaba tan tranquilo que parecía confundirse con el horizonte.

Siguiente destino: Suecia para juntarme con mis papás y mi hermano después de 13 meses sin verlos.

Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

Trekking en Eslovenia relatado en fotos

Después de caminar una semana en Rumania, paré a descansar unas noches en Budapest, y tomé un tren para llegar al segundo trekking de un total de cuatro, en Eslovenia.

¿Por qué Eslovenia?

En Enero de 2020 me encontraba en Nepal conversando con un alemán que aseguraba que en Eslovenia estaba el trekking más bonito del mundo. Quería comprobarlo yo mismo.

Un bus nocturno en donde no dormí nada me dejó a las 6 de la mañana en Ljubljana, la capital de Eslovenia. Tuve el centro de la ciudad al amanecer para mí solo.
Ese mismo día tomé otro bus a Kranska Gora, un pueblo que queda al borde del único parque nacional de Eslovenia: Triglav
La gente viene a Kranska Gora a hacer trekking y relajarse en esta laguna
Los Alpes Julianos en el Parque Nacional Triglav. Sin lugar a dudas uno de los lugares más bonitos que he visto
Está prohibido acampar en el Parque Triglav, pero en una semana no vi un solo guardabosques monitoreando. Y como yo no hago fogatas y me llevo mi basura, me di el privilegio de acampar de todos modos
Ducha diaria en un riachuelo
Hay decenas de refugios repartidos por todo el Parque. Puedes parar a tomarte un café y comer un plato casero
Este día cumplí un año de viaje sin volver a Chile
Plato típico en Eslovenia. No me acuerdo el nombre, pero era carne molida acompañada con un repollo fuertísimo
En este parque también hay un centro de Ski donde la gente viene a saltar tanto en invierno como en verano. Paré por una hora a ver a esta gente loca que eligió como deporte volar por los aires como ardillas. Lo que más me llamó la atención fue que cuando aterrizaban no decían nada, parecían robots. Yo estaría gritando por la adrenalina!
Hubo un día en que calculé mal la comida y tuve que caminar hasta las cuatro de la tarde en ayunas. Finalmente llegué a un pueblito y me comí la mejor pizza de mi vida.
Ya cansado después de varios días de trekking, terminé de caminar en Ukanc, me bañé en la laguna, y empecé a hacer dedo para llegar a mi tercer trekking del mes en Dolomitas (Italia).
Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade

Trekking en Rumania, relatado en fotos

Desde Cape Town, Sudáfrica, tomé un vuelo a Bucharest, Rumania.

Después de 8800 kilómetros de pedaleo por África estaba cansado de la bicicleta y me dolía sentarme en el sillín, así que conseguí que la amiga rumana de la ex-asistente de un fotógrafo que me alojó en Sudáfrica me guardase la bici por dos meses para que yo pudiese ir a caminar.

Durante las próximas cuatro semanas vendrían cuatro trekkings de varios días en cuatro países distintos.

El primer trekking fue Vía Transilvánica, en Rumania.

Pasé tres noches descansando en un hostal de mala muerte en Bucharest, consiguiendo un lugar donde dejar la bicicleta por dos meses y comprando lo que necesitaba para caminar.
Aproveché de comer pizza todos los días y recorrer un poco la ciudad
Bucharest tiene el edificio administrativo más grande del mundo. Sólo se usa un 30% del espacio interior
Bien grande, no sé qué más comentar
Rumanos
Tomé un tren para empezar mi trekking en un pueblo llamado Putna, a 12 kilómetros de la frontera con Ucrania. Llegué a las 11 de la noche y no tenía dónde dormir. Por suerte, unos monjes ortodoxos me recibieron y me dieron cama y comida exquisita en este monasterio
Monasterio de Putna
Empezando uno de los trekkings más famosos de Rumania: Vía Transilvánica
Rumania tiene osos. Me pasaba que los quería ver, pero al mismo tiempo no los quería ver
Vía Transilvánica será famosa y todo, pero en una semana de trekking no vi a nadie en el sendero aparte de uno que otro campesino. Cada cierto rato cantaba en voz alta para avisarle a los osos que iba pasando
Muchos monasterios en Rumania están pintados por dentro y por fuera con imágenes de santos
Todos los días de caminata terminaban en un pueblo paradisíaco donde podía comprar comida. Después volvía al bosque para acampar
Almuerzo de lujo: pan con queso, tomate y salame
Caminé aproximadamente 100 kilómetros
Este fue el último monasterio que ví. Después tomé un tren para cruzar al siguiente país: Hungría
Celebré el fin del trekking «duchándome» en esta piscina famosa de Budapest, Hungría
Juan Pablo Toro
Juan Pablo Toro

Autor Deportista Nómade